El avance del plan de uso y gestión de las Islas Atlánticas no invita a ser optimista en cuanto a las medidas de conservación de los valores naturales
19 ago 2012 . Actualizado a las 13:45 h.El célebre periodista de The Guardian, que definió Rodas como la mejor playa del mundo, evidentemente no la visitó un soleado domingo de Agosto, con la arena totalmente cubierta de toallas y sombrillas y el cartel de completo puesto en bares, cámping y chiringuitos. Hace una década las Cíes dejaron de ser parque natural y con la inclusión de otros archipiélagos se convirtieron en parque nacional. No se trata de un cambio de nombre, un parque nacional es el mayor grado de protección que nuestra legislación otorga a un espacio protegido, es mucho más que una bonita playa y el diario británico hizo un flaco favor a quienes defienden que se vea de forma distinta.
Muchas veces se confunde parque nacional con parque natural, y a su vez estas categorías se mezclan con lugares de interés comunitario, reservas de la biosfera, paisajes protegidos y otras complejas catalogaciones.
Disculpando la impertinencia podríamos explicarlo utilizando la metáfora futbolística, refiriéndonos a la Champions, la liga, las categorías regionales y el partido de solteros contra casados de las fiestas patronales. En el fondo se trata del mismo deporte, pero en la práctica no implica lo mismo estar en una categoría que en otra.
Hay que educar a los visitantes para que vean algo más que sol y playa
Ciertamente, Cíes es mucho más que una playa, pues su relativo aislamiento insular interrumpido pocos meses al año ayudó a que conservara unos valores naturales y un catálogo de flora y fauna menor que otros espacios gallegos menos protegidos y más amenazados pero en cualquier caso notable y que, como seguramente en cualquier lugar al que se dedicase el mismo esfuerzo investigador que se despliega en las islas, constantemente se le añaden sorprendentes descubrimientos. Conservar primero esos valores, y divulgarlos después, es el objetivo de un espacio protegido.
Para empezar un parque nacional debería ser ejemplar en el cumplimiento de sus propias normas. Si diez años después de su creación todavía carece del plan de uso y gestión que preceptivamente debería estar presentado un año después de la declaración como parque, es difícil dar ejemplo.
El avance del plan de uso y gestión todavía pendiente de aprobación no nos invita a ser optimistas en cuanto a las medidas de conservación de sus valores naturales. Esperamos que este nuevo retraso sirva para dar un nuevo rumbo conservacionista al documento.
Evidentemente la crisis se nota en la gestión del parque y muchos servicios esenciales se ven recortados. Es muy positivo el impulso que se está dando al voluntariado ambiental, y felicitamos por ello a sus responsables, pero no olvidemos que la propia Ley de Voluntariado establece claramente que un voluntario jamás debe sustituir un puesto de trabajo. Esperemos que el parque no rebase esta peligrosa línea.
En cualquier caso, con seis millones de euros invertidos en el edificio Cambón, en lo que será la sede del parque (finalmente será un ecomausoleo más) para albergar oficinas, despachos y una aparatosa exposición con inexplicables «cabinas de teletransportación» como elemento estelar parece complicado defender que no existe dinero para personal y actuaciones de conservación y mejora ambiental en el propio parque. Es simple orden de prioridades entre lo real y lo virtual que deberíamos vigilar especialmente este funesto verano en el que comprobamos que también arden los parques nacionales.