Si Vigo fuese un puzle y metiésemos sus piezas en una caja, nadie, ni la mente más prodigiosa del planeta, sería capaz de volver a armarlo. Porque todo, en esta ciudad, parece colocado donde no debiera. Un caos como este no se logra ni a propósito.
Un ejemplo común es el camiño do Caramuxo, una corredoira de aldea donde se genera un buen pellizco del PIB de Galicia. En singular favela, las naves industriales se han ido allí amontonando, hasta constituir un polígono industrial espontáneo. Mal comunicado y con servicios lamentables, O Caramuxo acoge a treinta industrias y medio millar de trabajadores.
Veamos, también, las iglesias románicas del municipio. Que, cuando fueron erigidas, en el siglo XII, fueron levantadas en dos hermosos parajes, dos altozanos sobre los que se dominaba una espléndida vista de la bahía viguesa. Pero, tanto en Castrelos como en Coruxo, se ha ido acumulando alrededor un maremágnum urbano. Y actualmente, por el ábside de ambos templos pasan sendas carreteras, con un tráfico endiablado. Es difícil entender que dos joyas históricas sean tratadas de esta forma, sin que a nadie se le ocurra un necesario desvío antes de que les entre un camión por la sacristía.
Otro ejemplo del fenómeno es A Pedra. El emblema turístico de Vigo, la famosa calle de las ostras, por la que preguntan los turistas despistados, está situado en la trasera del edificio del hotel Bahía, una mole de hormigón de veinte alturas. Ni al más pérfido enemigo imaginaría una ubicación más ridícula. Teniendo la ría más hermosa del mundo, llevamos al visitante a un callejón umbrío y mal ventilado, donde las mejores vistas son a los contenedores de desperdicios.
Avanzando en el tema, detengámonos ahora a observar el policlínico Povisa. Este centro privado cobró el año pasado del Sergas 72,7 millones de euros, para atender a 138.000 ciudadanos. Podría subirnos la bilirrubina sólo de pensar cómo es posible que la Xunta haya sido tan incapaz durante tantas legislaturas como para no dar a Vigo un hospital como se merece. Mientras tanto, se gasta una fortuna en un servicio privado. Pero no es este el tema. El tema es dónde está situado.
¿A alguien en su sano juicio le parece que un hospital para 138.000 ciudadanos de Vigo, Cangas, Moaña, Nigrán, Gondomar y Baiona, puede estar donde está? Debe de ser un caso único en el mundo que un centro como ése esté ubicado entre cuatro callejuelas y sin disponibilidad de aparcamiento.
Sería interminable la lista de cosas que están donde no deberían. Así que resumamos todo en una conocida estampa local. Una torre de cemento de catorce alturas, situada sobre una zona verde y una fortaleza del siglo XVII, catalogada como bien a conservar. No hace falta que diga a qué edificio me refiero. Efectivamente, es el único que nunca podrá verse por la ventana de la Alcaldía.