La ciudad arrolladora

VIGO

28 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Estas son las premisas: España es el país de la UE con más atropellos. Galicia, la comunidad española con más atropellos. Y Vigo, la ciudad gallega con más atropellos. Con semejante fórmula, queda claro que vivimos en la urbe europea más peligrosa para el peatón. Cada año, trescientas personas son arrolladas, lo que supone que un vecino es atropellado cada día. «¡Qué mala suerte! ¡Pobre vecino!», comentaría el del chiste. Pero no está la cosa para risas.

Leo que el índice de atropellos por habitante es superior en Vigo al de Nueva York, ciudad caracterizada por un tráfico caótico, y donde los peatones cruzan entre los vehículos. Es más fácil que te arrollen aquí que si te paseas por el Jarama en un día de carreras. Y los datos de esta carnicería se siguen leyendo al revés.

Una y otra vez, escuchamos de las autoridades un discurso llamando a la responsabilidad del peatón. Porque, en efecto, cruzan a menudo de forma temeraria, fuera de los pasos señalizados. Pero el problema es que la mitad de los atropellos se producen en pasos de cebra, lo que señala como culpables a los conductores, a quienes se debería dirigir una campaña de sensibilización específica, en lugar de venirle siempre al viandante con la regañina.

Mucha gente ignora la más mínima prudencia cuando se acerca a un paso de peatones. Parece que sólo entiendan los semáforos, porque entrañan multa y porque te puedes jugar un accidente. Ante el paso de cebra, se acelera. Para rematar la faena, el Concello peca de irresponsable cuando sitúa los contenedores de basura junto a los pasos, de forma que a menudo impiden ver si hay un peatón que desea cruzar. La ORA, y actualmente la XER, en su afán recaudatorio sitúan plazas de aparcamiento hasta en los cruces. Y no dudan en señalar áreas de descarga junto a los pasos, para que estacionen grandes furgonetas que eliminan la visibilidad.

Las señales de paso de cebra son prácticamente invisibles. Cuando no las tapa un árbol sin podar, las oculta otra señal o un cartel publicitario. Y el número de pasos que están mal pintados sigue siendo incontable, por más que se haya hecho un gran esfuerzo en los últimos tiempos por adecentarlos.

La culpa, sin embargo, parece siempre del peatón. A él se dirigen los mensajes. Cuando buen parte está en los conductores y en los responsables públicos y privados. Valga como ejemplo el desastre realizado junto al instituto de O Calvario, donde un paso provisional obliga a los alumnos a echarse a la carretera, en la salida de un túnel, jugándose la vida. Pretender que no vayan a hacerlo, que optarán por dar un largo rodeo, es creer en los pajaritos preñaos.

Pero la culpa, por lo visto, es del que anda. La culpa es de la víctima. Por andar. Por burro. Por peatón. Por vivir en una ciudad que, pese a los avances, sigue empeñada en ser de los automóviles.