Esta Navidad se van a llevar las nécoras de plástico. Al ritmo que baja la bolsa, crece el paro y se revuelve la automoción, regulando empleo ERE que ERE, este año va a triunfar el turrón duro, ya no porque venga de Alicante, sino porque serán las sobras del año pasado.
Las navidades que se avecinan tienen una pinta siniestra, por más que el viernes se encendiesen las primeras luces, llamando a todos los hombres de buena voluntad a comprar, a gastar, a derrochar, a fundir las tarjetas de crédito y a todas esas hermosas actividades propias de tan entrañables fechas, aunque, como en tantas otras cosas de la Iglesia, nada tengan que ver con las enseñanzas del Mesías, que era un señor de Belén y no el conocido fabricante de polvorones.
Una crisis le sienta bien a las navidades, porque ves ¡Qué bello es vivir! y, aunque ya te sabes hasta los diálogos, te vuelve a emocionar. Y no digamos el cuento de la cerillera, que en la era de la vitrocerámica está pidiendo una urgente actualización. Porque los niños no lo entienden y piden explicaciones: «Papá -interrogan-, ¿qué es una cerilla?». Y, además de que la pregunta te hace viejísimo, te das cuenta de que en tu casa hace siglos que no ves una caja de fósforos y de que hace mucho tiempo que no enciendes ninguno.
En este panorama es donde puede prosperar una idea que me ronda la cabeza: Las nécoras de plástico. Puede sonar raro, pero tampoco nadie, a finales de los años 80, daba un duro por los abetos sintéticos y actualmente son lo común en todos los hogares, porque no ensucian y, al terminar las fiestas, los metes en la caja hasta el año siguiente.
De alguna forma, son un sucedáneo del típico árbol, al igual que la mayoría de las fiestas que organiza la Iglesia son también un sucedáneo de lo que debería ser.
Es por ello que la nécora o la centolla de plástico hallarán buen acomodo en nuestros hogares. No teniendo dinero para cenar bien en nochebuena, iremos al trastero y sacaremos de una caja nuestro marisco de pega. Mientras nos servimos las lentejas -el que pueda- o el huevo frito, en el centro de la mesa lucirá una fabulosa mariscada, brillante y realista. Al término de la velada, vuelta a la caja, y hasta el año que viene.
Si yo fuese un emprendedor, estaría ya copiando esta idea e iniciando la fabricación. En Salvaterra do Miño, el Puerto Seco sería el lugar más idóneo para producir este marisco de cartón piedra y exportarlo a todos los rincones de la Tierra.
Tras las gulas del Norte y los presuntos palitos de cangrejo, el futuro está en el marisco de la señorita Pepis. Cierto que, en lugar del paladar, sólo alegra la vista. Pero, con una foto bien tomada, y la familia reunida en torno a la opípara mariscada, ¿qué envidias no suscitaremos entre nuestras amistades?
Para que luego digan que en Vigo, donde inventamos hasta el submarino, nos faltan ideas? ¡Ahí les queda una gratis!