El barco es el tranvía

VIGO

El barco de Moaña tiene los días contados. Al menos, eso apunta la concesionaria, que iniciará en diciembre un recorte de frecuencias, al tiempo que especula con eliminar la línea en breve plazo. Al parecer, no va nadie. Afirman los usuarios que el servicio no es bueno. Que los barcos no son los mejores. Pero no es éste el problema. El barco de Moaña se hunde porque la conexión por autopista, con el corredor do Morrazo, y la gratuidad de Rande, se ha convertido en una opción más atractiva. Entre embarcarte y coger el coche, muchos usuarios eligen lo segundo, porque te marean menos.

Curiosamente, mientras en Vigo el transporte de ría entra en vías de extinción, en Cádiz han copiado este año la fórmula, implantando un servicio de catamaranes que une la tacita de plata con el Puerto de Santa María. La Junta de Andalucía se ha gastado una pasta en construir las embarcaciones en los astilleros públicos hermanos de los ferrolanos, y la línea se ha convertido en un éxito. «Estamos comenzando», decía el gerente de la compañía hace unos meses, «pero nuestro objetivo es llegar a ser como el servicio de la ría de Vigo». El hombre decía esto con acento gaditano, que es como si, en lugar de hablar, te contaran un chiste. Y suena a chiste. Malamente sabía el pobre gerente que el transporte de ría anda de capa caída por estos andurriales, por más que Fernando León de Aranoa le diese categoría cósmica en Los lunes al sol.

Esta semana, ha habido hasta manifestaciones para pedir que se mantenga la línea con Moaña. Usuarios habituales, y comprometidos, desplegaron pancartas en el buque, defendiendo un transporte eficaz y, además, ecológico.

Cada usuario que se baja del barco a Moaña es un coche más en el endiablado tráfico vigués. Es una plaza de aparcamiento menos y un combinado de ruidos y humos que viene a sumarse a lo que ya padecemos en nuestra gran ciudad. Por eso, el transporte de ría debería ser defendido como estratégico.

Por el contrario, parece que desde las administraciones se ignora esta realidad. Cuando un moañés va a Povisa, su hospital de referencia, está condenado a un calvario de trasbordos para combinar el autobús con el barco. Si no quiere perder el día, y la paciencia, termina por coger el coche, salvo que sea pobre y carezca de él. Y eso es lo que llevamos décadas haciendo con el transporte público: convertirlo en una opción de pobres, en la última alternativa, lo que no solo resta pasajeros, sino que deteriora su imagen de forma irreversible.

Mientras el barco a Moaña hace aguas, nadie parece entender el problema. Se hundirá sin que a nadie importe. Solo dentro de muchas décadas lo añoraremos, como a las murallas o al tranvía.