Pregúntale al arquitecto

VIGO

Si Atenea fuese justa, obligaría a los pintores a colgar sus cuadros en casa; a los escultores, a exponer sus obras en el jardín; a muchos novelistas, a leer sus novelas; en el colmo del sadismo, los arquitectos deberían vivir en sus propios diseños. Por desgracia, el mundo no funciona así. Y es por ello que pintores y escultores habilitan locales, que llaman «estudios» para almacenar su obra sin tener que verla a diario. Los novelistas rara vez se leen a sí mismos. Y los arquitectos, a lo sumo, viven en el chalé que diseñaron de estudiantes, como proyecto de fin de carrera, al que le toman cariño, mientras sus mujeres asumen horrorizadas la condena de vivir en esos adefesios, soñando con una casa de las de siempre, con puertas, ventanas, tejado y humeante chimenea.

A mí me entusiasma la arquitectura y, por eso, creo que ciertos arquitectos deberían vivir dentro de sus obras. Un mes al año en cada una. Por ver si así abandonan ciertos experimentos. Y voy a poner nombres.

Por ejemplo, me gustaría saber cómo va a calefactar y a refrigerar Eisenman sus colosales edificios de la Cidade da Cultura en un monte pelado santiagués. También despierta mi curiosidad por qué el centro comercial y el teatro de la Ciudad Universitaria de Vigo carecen de acceso para discapacitados. Y me encantaría conocer por qué Vázquez Consuegra utilizó una pulida piedra gris espantosa para Abrir Vigo al Mar, en lugar de granito del país, o cómo se avino a remodelar los soportales del Berbés, viendo que el proyecto incluía la salida a superficie de un túnel de cuatro carriles, justo enfrente del conjunto histórico, para afearlo, aislarlo y hacerlo invivible, cuando hubiera sido otra cosa con solo ampliar otros cincuenta metros el subterráneo.

Conste que soy de ese tipo de vigueses a los que les encantan el Sireno y la Panificadora. A mí no me va la arquitectura conservadora ni de Disneylandia. Pero hay preguntas que uno, en su ignorancia, no puede dejar de hacerse.

La más intrigante de todas está relacionada con la nueva sede del Colegio de Arquitectos, en la plaza de El Pueblo Gallego. Por lo ya visto, el proyecto de Irisarri y Piñera promete ser estupendo. La pequeña plaza situada enfrente lo hará más vistoso. Y, por materiales y diseño, no hay duda de que tendremos algo emblemático, en un área de la ciudad donde, tras las maravillas en piedra del siglo XIX y comienzos del XX, solo se habían acumulado adefesios. Estoy seguro de que este estudio va a hacer algo impactante y perdurable.

Pero el problema, aquí, está en la trastienda. ¿Alguien ha visto cómo queda la taberna de Eligio en la trasera de la sede de los arquitectos? ¿Es aceptable que una antigua casa quede encajonada, minimizada, destruida, ante una mole de nueva factura? ¿Es esto lo que nuestros arquitectos creen que es urbanizar?

Jamás faltan voces de protesta cada vez que quiere derribarse un edificio antiguo, por mucho que a veces esas construcciones carezcan del más mínimo mérito. Arquitectos locales rasgan sus vestiduras y ponen el grito en el cielo. Sin embargo, cuando se trata de su propia sede, cometen una aberración con toda naturalidad, y aun presumiendo.Por si no saben de qué va el tema, vayan. Tomen la primera travesía del Príncipe y contemplen la histórica taberna de Eligio. Comprueben por sí mismos qué autoridad moral corporativa les va a quedar luego a los arquitectos vigueses para defender edificios antiguos. Y, sobre todo, no pidan razones. Son muy cultos. Hablan muy bien. Escriben mejor. Son arquitectos. Si piden explicaciones, aunque no las crean ni ellos, se las darán.