Si hay algo que pierda a un vigués son las vistas. Hablamos de un concepto intangible y subjetivo, que sin embargo el promotor vende -o mejor, vendía-, como parte material de la construcción del edificio. «Fachada de granito, carpintería de nogal, ventanas de climalit oscilobatiente y 60.000 euros de vistas», dice el tipo, haciendo cuentas con un lápiz. Y el ciudadano, como es obvio, paga.
Las vistas, a veces, pueden ser lo más caro de una vivienda. Y los vigueses ya las apreciaban hace dos mil años, lo que explica que construyesen sus casas en Alcabre, Toralla o Areal, que entonces era primera línea de playa. Los celtas, por su parte, aspiraban a un adosado en O Castro, especie de urbanización Mar y montaña, desde la que dominaban de Rande a las Cíes, de un vistazo.
Es por ello que no me sorprende que un amigo, vecino de O Piricoto, se queje estos días de la «solución vegetal» que pretende darse a la llamada Colina de Castrelos. Ha pensado el Concello que, como el edificio afea la Finca de la Marquesa, razón por la que es ilegal, podría solucionarse la postal levantando una tupida fronda de altos árboles que lo oculten. Ante esto, mi amigo pone el grito en el cielo: «¡Nos van a dejar sin vistas!».
Elección
Yo, entre que me tiren la casa y me dejen sin vistas, elegiría lo segundo. Pero es obvio que no todo el mundo piensa así. El habitante del Piricoto, u homo Piricotiensis es capaz de anteponer un paisaje a un buen techo y no está dispuesto a que le planten árboles delante de la ventana. En realidad, si le tiran el edificio, a él le tendrán que indemnizar igual, aunque sea de los que compraron el piso de segunda mano, a mejor precio, cuando ya se sabía que era ilegal.
Las vistas, en Vigo, son un valor formidable y lo de Castrelos es buena prueba de ello. Sin embargo, nadie de quien las disfruta piensa en el hecho de que uno puede constituirse en «vista» para los demás.
Abuso
Hace unos años, los vecinos de Vía Norte protestaron porque las torres de García Barbón les robaban el paisaje. No reparaban en que ellos mismos les habían quitado las vistas anteriormente a los edificios de atrás, abusando del fenómeno de la Física consistente en que, si te pones delante, el de atrás no ve.
En Vigo, el urbanismo ha sido siempre el de ponernos unos delante de los otros, robándonos la visión. Así se lo hicieron, a los de Policarpo Sanz, los de Marqués de Valladares. A éstos, los de la plaza de Compostela. A éstos, los de Luis Taboada. A éstos, los de Montero Ríos. Y, a todos, el edificio de la Xunta, que es la que puso la última pieza del dominó.
Así que, en lugar de árboles frente al Piricoto, bien podría levantarse un gran espejo, en el que cuando salgan al balcón los vecinos se vean reflejados. Y que nos hagan lo mismo en todos los edificios. Tal vez así aprendamos a pensar en los demás.