«Nunca dejamos a nadie en la calle»

VIGO

El hermano Donaire, la cara visible de los Misioneros de los Enfermos Pobres, lucha desde hace décadas con medios exiguos contra el sufrimiento y la marginación

05 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El hermano José Antonio Donaire bien podría escribir el más completo tratado sobre sufrimiento y marginación nunca escrito. No lo hará, entre otras cosas, por falta de tiempo. Veinticuatro horas al día le saben a poco para tanto trabajo como hay en casa de los Misioneros de los Enfermos Pobres, en la que residen de forma regular alrededor de 170 personas y otras 70 están de paso.

A las seis de la mañana suena el despertador y antes de las doce de la noche nunca apaga la luz de su cuarto. «Eso no quiere decir que duerma seis horas porque raro es el día que no tengo que levantarme. Suena el timbre y hay que abrir la puerta. Nunca dejamos a nadie en la calle», afirma. Tal vez porque saben que regentan el único albergue de la ciudad para transeúntes sin recursos que funciona los 365 días del año. Las Misioneras del Silencio también ofrecen cobijo, en este caso solo a mujeres, pero cierran en vacaciones y los fines de semana.

Las recientes muertes de dos indigentes han evidenciado las carencias de las que adolece la ciudad en servicios públicos. El hermano Donaire tiene muy claro por qué Vigo no cuenta con un albergue municipal ni tiene trazas de tenerlo: «Cuesta mucho dinero. Entre 600.000 y un millón de euros, en función del número de plazas», afirma. Lo hace con el conocimiento de causa que le dan casi cincuenta años de experiencia en la congregación.

Cuando se le pregunta cómo consiguen ellos semejante presupuesto siempre contesta lo mismo: «Del apartado económico se encarga la Divina Providencia». En realidad, se encargan cientos de vigueses anónimos, que aportan cada año una parte muy considerable del presupuesto. En segundo lugar, los propios internos, que entregan el 75% de la renta de integración social. «Eso los que la perciben, porque un tercio de ellos carece de ingresos», explica. El resto del dinero llega en forma de subvenciones, fundamentalmente de la Xunta de Galicia y del Concello.

Basta un somero recorrido por las instalaciones del centro para comprobar que, pese a todo, cubrir las necesidades diarias es una tarea difícil. Por no hablar de la complicación que supone la convivencia de personas que, en el mejor de los casos, solo son pobres pero que, a mayores, sufren distintas adicciones con todo lo que eso conlleva, incluidas agresiones, de las que por supuesto el hermano Donaire no se ha librado.

Explica que, pese a las crudas historias que viven, no hay tiempo para deprimirse. «No voy a negar que alguna vez se produce algún bajón. Siempre lo he superado echando mano de la fuerza de la oración».

Aprovechando la inminente llegada de los Reyes Magos, le preguntamos qué les ha pedido. «Que todo el mundo tenga un techo bajo el que dormir y un plato de comida. En definitiva, un mundo más justo», cuenta. En un apartado más material, sueña con financiación suficiente para construir una cancha de deportes en el huerto anexo a la casa. Explica que, lejos de ser un lujo, es casi una terapia para los jóvenes (y no tan jóvenes) que tratan de abandonar las drogas o el alcohol.