Vidas marcadas por el contrabando

VIGO

El goianés Pablo Pousa vivió en directo numerosos capítulos sobre «la pisca» que ahora saca a la luz, en el marco de las jornadas «O Miño, un río de memoria»

20 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

El contrabando y la emigración fueron dos de los fenómenos sociales y económicos que determinaron la historia moderna de las riberas del Miño, pero sobre los que aún pesaba un secretismo que ahora comienza a ver la luz.

Personas de todas las edades, sexos y parroquias, sin límite de edad ni categoría social, se dedicaron durante décadas al contrabando. Era un juego constante de disimulo e ingenio en el que todo tenía un precio y se podía intercambiar, hasta la vida.

Los ribereños atravesaban el río o la raia seca por puntos conocidos, a pie, en batel (la embarcación propia del Miño), en mula o coche. Incluso el tren llegaba a parar en Melgaço para cargar y descargar. Cualquier artimaña valía para despistar a los guardias y transportar café, oro, plata, cobre, marisco, ganado, chocolate o camiones.

Una de esas personas que vivieron la época de esplendor de estas actividades es Pablo Pousa, de Goián. A sus 77 años es uno de los principales testigos de esa «corrente de memoria», eje de las «xornadas sobre la represión franquista no Baixo Miño» que este fin de semana se celebran en su villa natal, organizadas por la «Comisión Cidadá pola Verdade do 36».

Pablo nació en 1930 y «como todos os que fomos a escola durante a guerra, acabei dedicándome a tantas cousas que xa no sei», explica sobre su profesión. Y es que su vida estuvo marcada por varias etapas laborales, en escenarios de Galicia y Alemania, desde administrativo, a empleado de una fábrica de ruedas para coches u otra de mármol hasta que fundó la suya propia en A Coruña. Tras el periplo regresó a Goián donde se dedicó a la fundición artística en bronce, actividad que desarrolló hasta su jubilación.

Pablo Pousa atesora en su cultivada experiencia innumerables pedazos del patrimonio inmaterial de la comarca. Entre ellos, imágenes, voces, nombres e incluso coplas que se escribieron al amparo de «la única industria» que había entonces, la de los miñotos que, para intentar ganarse la vida se la jugaban en el río. La picaresca, el arte del engaño y la templanza eran la manera de sobrevivir.

Bulas

Los goianeses fueron pioneros en este fenómeno que se popularizó a partir de los años 30. Pablo Pousa recuerda que ya en el siglo XVII, «Xoán V lles deu unha bula para poder ir aos mercados de Caminha, onde tiñan prohibido acudir pola su fama de contrabandistas». En el XIX, aparecía la primera víctima, en la Atalaya y, en 1914, «O Tipiete do Correo», un vecino de esta parroquia tomiñesa ya tenía habilitado un sótano ciego para el contrabando de harina, «que aún se abrió hace poco cuando se construyó un restaurante».

Pablo, recuerda, comenzó a colaborar con 14 años cumplidos, «non como contrabandista, pero si no apoio, facía de espías e cousas así, menos cargar no lombo». A esa parte se dedicaban muchos peones, «porque podían gañar nunha noite o que en tres días de traballo, no que cobraban nove pesetas diarias, sen embargo, por cada carga de 60 kilos pagábanlle tres duros, tiñan que levalas varios kilómetros, pero podían facerse con 45 pesetas».

El contrabando se generalizó después de la Guerra Civil, «había que traer todo o de primeira necesidade dende Portugal, o de comer e vestir, porque aquí non había nada máis que cartillas de racionamento e, dende a guerra europea xa se estableceu a grande escala, con compañías organizadas».

Las principales protagonistas eran las mujeres, señala, «eran as que levaban o negocio, había máis de media ducia de pisqueiras, as que andaban ao pisco, entre elas A Patita, que tiña unha tenda na que lle traían de todo e incluso a Garda Civil compraba alí o tabac, Paris, Titó o Unic».

Coplas

La actividad favoreció aún momentos de notable solvencia económica que atrajo hasta a una compañías de variedades que, en los años cuarenta, actuaba en el local vigués «Brasil». «Viñeron por un día i encheron o salón de funcións de Goián durante tres meses», evoca.

El contrabando sirvió también de motivo de muchas coplas que Pablo aún recuerda como «Miña irmá xa ten un neno, mui chorno i mui arisco, dicen, as malas línguas que llo arranxaron no pisco» o «Alto allá mujeres, qué llevas en el trasero, que me valga Xesucristo, señor carabinero, levo unha bata do pico».

Lustros de idas y venidas con el río de testigo, «dende peixe a material siderúrxico, non había medo porque xa estaban acostumbrados, e entre todos pagaban 40.000 pesetas ao tenente, chegaban incluso camións enteiros nas gabarras que descargaban mentras a Guardia Civil ía a algunha procesión».