ENTRE las historias que contaba mi abuela sobre su juventud, una de las que más me impactó fue la de su viaje a León para encontrarse con mi abuelo herido tras la batalla del Ebro. Resulta difícil no identificarse con su angustia por obtener un salvoconducto y su agotamiento por el infame y larguísimo viaje sentada sobre las duras tablas del tren. Han transcurrido siete décadas desde entonces y para nuestra vergüenza poco parece haber cambiado: los trenes son viejos, están en mal estado y la velocidad que alcanzan es poco superior a la de un caracol. Si para viajar de Vigo a Madrid en tren es necesario emplear, como mínimo, ocho horas, para llegar a Barcelona no queda otra que soportar dieciocho. Vamos, lo mismo que se tarda en ir de Madrid a Sevilla. Ante semejante lentitud el empresario que tiene que acudir a una cita de negocios, el estudiante que tiene que presentarse a un examen, el ciudadano que tiene que realizar alguna gestión o el enfermo que tiene que ser examinado por un especialista o sufrir una intervención quirúrgica, todos necesitados de rapidez, se ven obligado a viajar en automóvil o en avión. Ni que decir tiene que ningún turista se aventurará a venir a Galicia en tren con un servicio tan deplorable. Ahora que España está a nivel de los países más prósperos de la Unión Europea nos preguntamos, en cuestión de transporte público, ¿cuáles son los criterios que se utilizan para elaborar las estadísticas? Porque, si a duraciones como las antes mencionadas les añadimos retrasos como los que viene sufriendo el Estrella Galicia en esta última semana, es evidente que RENFE no alcanza, ni por asomo, los baremos mínimos exigibles.