CONTRASTES
17 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.PRESENCIA poco frecuente en salas de exposiciones y deliberadamente apartado de los habituales circuitos de muestras itinerantes, Leopoldo Varela, pintor notable, en la más exquisita e inefable madurez plástica, ha sido recientemente triple noticia, por su exposición antológica en el Centro Social de Caixanova, por la más reducida mostrada en Tui y por la que aún puede contemplarse en ese ámbito casi de privilegio que es la Casa de la Parra, en Santiago de Compostela, al fondo de la Plaza de la Quintana, uno de los lugares más bellos de todas las ciudades monumentales del mundo. No se recata Varela de mostrar obra de su juventud, inquieta y dinámica como la actual, porque el artista ha sido siempre el mismo, aunque, lógicamente, con la evolución hacia la síntesis que da la experiencia, aunque más dudante, menos aérea; sin la angelicidad de la última, paradójica casi, puesto que resulta levísima conceptualmente, por completo abstractiva y lindante, atrevidamente, con el total informalismo, y es formalmente recia, de pincelada gruesa y abigarrada o danzante en el tiznón de agresividad tan calculada sobre el soporte. Leopoldo Varela es hoy, sin duda, el mejor de nuestros post impresionistas, una tendencia que nació entre nosotros con Carreró y la «Gerneración dliente» y llega hasta Xavier Pousa pasando por Lloréns y Bello Piñeiro, entre otras firmas notables de la gran pintura moderna y contemporánea. Paisajista y bodegonista, la figura humana, escasamente tocada, es siempre referencia en su pintura para un ambiente vivo, caliente, danzante, dotado de un encanto casi juanramoniano, que le entronca, siendo al fin tan diferente técnicamente, con el gran vigués, tan mal valorado, José Frau, que es el más grande de los «fauve» de España, al fin no pródiga en cultivadores de esta tendencia. Leopoldo Varela está cuajado. Su reflexión exigente le ha llevado a una pintura personalísima, de paleta caliente y encanto indescriptible. Partiendo de referencias que antaño quedaban presentes y que ahora parece que huyen de sus cuadros, reinventa la realidad desde un lirismo desbordante y sin embargo, intimista como al fin es todo lirismo. Ha aprendido muy bien la lección insoslayable de los maestros franceses, mas sin dejar de impregnar su retina del cromatismo de nuestro entorno. De manera que su pintura es Galicia, latente o presente, desde unos planteamientos nada regionalistas; ajenos, por completo, a cualquier costumbrismo folklorista. Ya contábamos con él, y así lo hemos expresado más de una v ez en libros de publicación reciente. Pero confirmamos, con estas muestras, que Leopoldo Varela es uno de los más cuajados y personales artistas gallegos del espléndido momento plástico que estamos viviendo.