Testigo directo | Marineros vigueses en el mundo El marino Saturnino Pousada es el único gallego que queda a bordo del super rompehielos alemán «Polarstern», que hoy zarpa hacia Ciudad del Cabo, y desde África a la Antártida
24 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Ya casi no habla gallego, pero corre con el alemán y el inglés que da envidia. A bordo de uno de los mayores laboratorios flotantes del mundo, el buque rompehielos germano Polarstern , le llaman algo así como Satou . Sonriente, afable, menudo, predispuesto a hacer amigos, educado y contenido en las formas. O sea, casi alemán. Saturnino Pousada (de 59 años y natural de Cangas), tiene 23 años de servicio a sus espaldas en esta nave y más de 1,2 millones de millas náuticas recorridas (algo así como dos millones de kilómetros). Aún se emociona cuando le hablan en gallego, aunque confiesa que se enmaraña en los idiomas y no es capaz de pronunciar palabra, «por respeto -dice- al que lo habla bien». Su testimonio es, a nivel humano, lo mejor de la estancia del buque alemán en Vigo, una mole de 118 metros de eslora, con un desplazamiento de 18.000 toneladas, y que cuesta a diario unos 60.000 euros (unos diez millones de la antiguas pesetas), es decir, dos céntimos de euros cada día a cada alemán. Insaciablemente trabajador, y a pesar de estar en sus días de gloria como tripulante, Satou se despide después de mostrarnos el puente de gobierno y dejarnos en manos de varios armoniosos germanos. Alejado de sus quehaceres, este cangués no es el mismo. No le ha llegado el remojón cerca de su casa y de los suyos, para dejar de ser tercamente educado y correcto. Y, sin embargo, no dejade ser cercano y hablador. «Se pasa mal, pero peor las familias», explica sobre la vida a bordo. Y añade: «Hemos llegado a estar a 60 grados bajo cero en la cubierta del buque; ¿que si tengo calor ahora?, claro, me sobra la chaqueta». Después de la fiesta del domingo con el resto de sus antiguos compañeros gallegos ya jubilados, ayer le tocó la etiqueta de las autoridades del Concelo, del puerto, y la larga lista que es preciso confeccionar para estar de acuerdo con lo políticamente correcto. Y, claro, Saturnino volvió a ser el centro de las miradas y de las conversas a bordo de la nave germana. Es esa joya viva que, ahora, todos quieren tener en un museo, y que, sin embargo, antaño, tuvo que emigrar. La contorsión del idioma es lo que peor se lleva, porque traducir simultáneamente gallego, inglés, español y alemán es complejo. Marcialmente, a las doce de la noche, Satou debía estar a bordo. Esas eran las instrucciones. Seguro que las cumplió.