Análisis | Aniversario de la ruptura del gobierno vigués En octubre del año pasado estalló la crisis entre PSOE y BNG que llevó al PP a la alcaldía, cambio que no ha logrado normalizar la gestión municipal
23 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Alcaldesa por accidente y contra pronóstico, Corina Porro se encontró el 13 de diciembre de 2003 con el bastón de regidora de Vigo. Lo que en principio parecía una etapa de interinaje se va consolidando con el paso del tiempo. Es cierto que carece de mayoría para gobernar con soltura, que la ciudad no tiene presupuestos y puede seguir igual varios años más y, para colmo de males, que el gobierno amigo de Aznar ha sido desalojado. Pese a todos estos y a otros muchos inconvenientes, Porro sigue instalada en la alcaldía ante lo profundo del enfrentamiento PSOE-BNG, que muy probablemente le permitirá llegar hasta el final del mandato en junio de 2007. En el campo socialista el término moción de censura parece haber desaparecido del diccionario tras el éxito de Rodríguez Zapatero. Las posibilidades de que Pérez Touriño triunfe el año que viene han llevado al PSdeG-PSOE a dejar de lado la crisis viguesa, de la que cada vez se habla menos. Este perfil bajo de la situación municipal de Vigo es todavía demasiado para los socialistas gallegos, que quieren evitar que esta ruptura le sangre votos cara a las autonómicas de octubre del 2005. Inseguridad El que precede podría ser un retrato improvisado de la situación del Concello de Vigo, en el que una decena de concejales del PP intenta gestionar una corporación de 27 miembros, bien es cierto que con la ayuda ocasional de los dos ediles de Manuel Soto y la previsible de los siete del Bloque para aprobar el Plan General. Lo cierto, sin embargo, es que Corina Porro y su número dos, el todopoderoso José Manuel Figueroa, no las tienen todas consigo. La prueba es que ambos han blindado sus cargos por lo que pueda ocurrir en el resto del mandato. Además, rechazan acudir a la moción de confianza para hacer aprobar sus presupuestos contra el parecer de la mayoritaria oposición. Así, Corina Porro renunció a la vicepresidencia de la Diputación tras conseguir la alcaldía. Pronto, sin embargo, el partido le encumbró a un cargo que le garantiza acomodo si la temida moción de censura se hace realidad. Por esta razón en las últimas generales Porro se convirtió en senadora. Algo parecido sucede con Figueroa, quien se instaló en la vicepresidencia de la Diputación que dejó vacante la alcaldesa. De esta manera los titulares del gobierno vigués ejercen importantes responsabilidades en otras esferas políticas pese a la falta de pesos pesados en el gobierno local. Corporación noqueada A la vuelta de un año de la sangrienta crisis política viguesa una inusual apatía se ha instalado en el Concello. Afecta tanto a la primera planta (donde se ubica la alcaldía) como a la octava, sede de la oposición. Y es que dicha crisis se ha cobrado muchas víctimas. En el PSOE ha pasado factura a un emergente Pérez Mariño, que acumuló en poco meses un notable capital político; también a Lois Castrillo, claramente quemado. Ambos han pasado a un segundo plano como dirigentes de sendos grupos que practican una oposición poco activa que apreta sin ahogar a un gobierno en minoría. La excepción es el plan de urbanismo, asunto que el PSOE ha convertido en su bandera y en el que no afloja la presión, para desesperación de nacionalistas y populares. En el resto de las cuestiones lo cierto es que no hay grandes enfrentamientos. Hasta hoy, al menos, la oposición se niega a dar al PP la baza de aprobar unos presupuestos que consolidarían su gobierno. No han querido llegar tan lejos pero la presión que está desplegando la alcaldía podría obligarles a modificar el rumbo. De no hacerlo, Porro y Figueroa tendrán que decidir si se arriesgan a vincularlos a la moción de confianza; si sale bien les facilitaría la gestión hasta el 2007. El riesgo de un posible acuerdo para la censura les ha llevado hasta ahora a ser prudentes y adaptarse a las adversidades. Mientras todo ello ocurre el Concello languidece pese a apoyos externos como los que presta la Diputación, que ciertamente está invirtiendo en la ciudad, lo que antes nunca hizo. Pero la ciudad, la treceava en población de España, sigue sin jugar un papel proporcional, como le ocurre en Galicia. Sigue olvidada en los presupuestos y carece de un gobierno políticamente respetado que pueda hacer oir su voz.