LA GOTERA | O |
17 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.REGRESO DE viaje y me encuentro con la ausencia de Mercedes Ruibal. La pintora, la iconoclasta, la conversadora, la amiga. Amiga Teté. Hacía tiempo que se estaba marchando pero este fin de semana nos ha dejado el hueco incomensurable que todo ser querido deja. Me queda la pena de no haberle dicho adiós o hasta luego. Y quedan los recuerdos. El primero es un cartel para el festival de teatro Abrente de Ribadavia. Esas caras que ella pintaba de mujeres ausentes, como doloridas por el trato de la vida. El segundo una cinta en blanco. María Xosé Porteiro y yo fuimos a hacerle una entrevista para una revista. Era temprano y nos recibió en camisón, le horrorizaba el magnetofón y nosotros llevábamos un Huer de bobina inmenso. Tratamos de grabar olvidándonos del aparato y la mecánica se olvidó de nosotros. Hubo que repetir la entrevista días después y aquella situación de moviola vital sirvió para que nos engancháramos en una amistad larga e intensa. Una amistad compartida con su marido, Agustín Pérez Bellas, arquitecto, pintor, poeta, políglota... un hombre de una intensidad humana e intelectual desbordantes. Agus se fue hace mucho tiempo, parece una eternidad. Un tiempo de ausencia que Mercedes no llenó jamás, que los amigos no fuimos capaces de suplir. A ambos les debemos el trabajo que hicieron por esta sociedad, en el arte, en la política, en la cultura. Sus vidas fueron intensas como el tiempo que les tocó vivir, vidas útiles en las que la acción cultural tendía a cambiar el mundo, en las que el ejercicio de la política tendía a cambiar las mentes. En la clandestinidad y en la democracia. Ahora no están y quizás nunca tengamos con qué pagarles.