El plan tenía una pinta bárbara: la velocidad de Jovanovic para aprovechar el vacío a la espalda de la defensa local. El Girona plantó efectivamente su zaga en la medular, pero el Deportivo nunca logró saber qué había más allá. No hubo balones al espacio para el serbio, que en lugar de correr se vio obligado a saltar. Una torre de metro setenta y cinco que sus compañeros trataron de buscar en todo intento de despeje o envío en largo; siempre mal ejecutados. Como cada acción que emprendió el conjunto blanquiazul en El Montilivi, a donde le tocó llevar esta vez su esperpento a domicilio, para que pudieran disfrutarlo también lejos de Riazor. Los coruñeses concentraron en los tres cuartos de hora clavados que duró el primer tiempo todas las carencias acumuladas en las otras ocho jornadas de competición. A nivel colectivo e individual.

Como grupo demostraron no tener ningún plan de apoyos en la circulación; sin receptores interesados o capaces de desmarcarse, ni pasadores con idea de dónde colocar la pelota. Diluido Aketxe en su noche más gris, intrascendente el recién estrenado Nolaskoain, solo Bergantiños puso sentido en la posesión. Cuando esta correspondió al Girona (casi siempre), el Dépor fue un flan. Una mañana entera había echado la plantilla ensayando en Abegondo la respuesta a los centros laterales para equivocarse siempre con fuego real.

Remató mucho el Girona durante ese terrible primer acto, obsequiado además con varias acciones a balón parado, en las que acabó por encontrar el gol. El segundo. El primero había llegado en un nuevo intento de hilar tres pases, que no llegaron a dos. Lampropoulos comprometió a Nolaskoain en zona sensible y tras la pérdida del vasco, el griego completó su faena haciendo la estatua cuando el poste escupió el chut de Stuani, permitiendo a Borja García recoger el rechace y marcar. Hasta con trece disparos buscaron la red los de casa antes del descanso. Ni uno llegaron a conectar los de Anquela, desesperado en la banda.

La mala puntería del frente de ataque local y una buena intervención de Giménez cuando Aday empaló la enésima acción de estrategia botada por Granell dejaron la brecha en un mal mucho menor de lo que el espectáculo mereció. A tiro de una inverosímil reacción por parte de un equipo que solo funciona como tal por debajo en el marcador.

Para que el Deportivo pudiera amagar al menos con engancharse al encuentro, le hizo falta desistir de su idea inicial. Sentar a Jovanovic, a tiempo para devolverlo por falta de uso, y confiar en el resurgir de Borja Valle. El berciano cumplió. Aprovechó una contra para trazar un eslalon en diagonal, salvando obstáculos hasta encontrar un resquicio por el que chutar. Su derechazo plantó por fin a los coruñeses en el partido con casi media hora para completar la reacción.

Los de Anquela parecieron otros de ahí hasta el final, y solo volvieron a ser ellos mismos en el minuto 83. Lampropoulos cometió un (otro) error grosero que Stuani castigó. El griego, inexplicablemente citado por su selección, se animó a salir conduciendo desde la cueva hasta caer en la trampa a la altura de la medular. Allí perdió la pelota y se inició la galopada de Samu Sainz, que le regaló el tanto al mejor delantero de una categoría en la que el Dépor aún no ha logrado encajar.

Penúltimo en la tabla, conjunto más goleado de los 22 en competición, es capaz de partirse en dos sin necesidad de salir de su propio campo. De incrustar la zaga en el área pequeña mientras el frente de ataque presiona desordenado sin entorpecer siquiera la salida de balón. Nueve duelos después, aún falla la idea y su interpretación.

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El Deportivo da vergüenza en Girona