José Saramago reflexiona sobre lo que separa lo efímero de lo eterno

Marina de Miguel LA VOZ| MADRID

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INSTITUTO CERVANTES

El Nobel imagina un mundo sin fecha de caducidad en «Las intermitencias de la muerte» Su última novela se presentó de forma simultánea en los Institutos Cervantes de Madrid y Lisboa

11 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

«Al día siguiente no murió nadie». Éste es el insólito comienzo de Las intermitencias de la muerte (Alfaguara), la última novela de José Saramago, que fue presentada ayer de forma simultánea, a través de videoconferencia, en los Institutos Cervantes de Madrid y Lisboa. El acto contó con la asistencia del director de la institución, César Antonio Molina, y de numerosos periodistas. En este nuevo viaje literario, que llega a la vez a Italia, Portugal, Brasil y, dentro de España, se publica también en catalán, el Nobel portugués concede a la vieja dama de la guadaña un descanso, para poder reflexionar sobre la condición humana y la corta distancia que separa lo efímero y lo eterno. Sin perder la ironía y la ternura, pero con el humor como nueva herramienta, el prestigioso escritor describe el auténtico colapso que supondría no tener fecha de caducidad. «Vivir eternamente en la tierra sería un auténtico castigo. Significa que seríamos eternamente viejos, cada vez más viejos», afirmó el autor, a la vez que señaló que la muerte es «el resultado de un proceso natural, inconsciente», y que, por tanto, no le quita el sueño. «No temo a la muerte, pero sí soy consciente de ella. Tengo la suficiente edad para decir que soy viejo, casi 83 años. A veces vivo como si tuviera 62 años, y otras, 18, lo que es la hostia», bromeó. Ante la posible existencia de una vida en el más allá, Saramago afirmó que no es creyente y que tampoco entiende cómo alguien puede creer en ella. «Sé que, cuando llegue mi hora, entraré en la nada y se acabó. Habrá un día en que se acabará todo», afirmó. Por esa razón, considera una «tremenda petulancia», propia de «la soberbia infinita» del ser humano, las técnicas por las que se intenta alcanzar la eternidad, como la criogenización. «Debemos aceptar que nada de lo que hacemos o somos es para siempre. Tenemos que morir para seguir viviendo; sin la muerte, la vida no se aguantaría», agregó.