ESTRENÓ el miércoles Canal Plus el primero de una serie de tres reportajes sobre los paparazzi , fruto del trabajo de la BBC , que durante un año siguió a los trabajadores y dueño de una de las agencias más importantes, Big Picture. El documental, interesante y de factura impecable (la BBC es la BBC ), presenta al paparazzo como un tipo que se dedicaba a cualquier cosa (hay ex camioneros, bancarios, decoradores...) y que un día descubrió que cazar imágenes de famosos es mucho más rentable que cumplir con su aburrido empleo día a día. Ponerle cara a los malísimos paparazzi los humaniza, son tan guais como puede ser el guardia civil que te pone la multa por ir sin cinturón, el que trabaja en el buscador del moroso o el inspector de Hacienda. Es decir, gente estupenda que tiene un trabajo, digamos, controvertido. Incluso se les presentaba como pobres hombres que las pasan canutas para encontrar una fotito: empujones y perrerías entre ellos, miles de horas inmóviles a la espera de la imagen, prisas salvajes para enviar el documento y la siempre difícil tarea de dar con el famoso. Por si eso fuera poco, en el documental se hablaba mucho del dueño, Darryn Lyons, un australiano que fue reportero de guerra pero cambió de tercio; con lo ganado, ahora quiere dar un empujón a su perdida ciudad natal y le regala vacaciones en Sudáfrica a sus esforzados padres. Un ángel. Pero tal vez lo mejor del reportaje fue presentar a los famosos coqueteando con los fotógrafos, usándolos en su provecho cuando les venía bien y convirtiéndolos en un peldaño más hacia el poder y el dinero. Porque el dinero es la clave de todo, y casi sin quererlo el reportaje plantea que en este mundo nadie pierde. Ganan los famosos porque suben su caché (que hablen de mí, aunque sea mal), ganan las televisiones porque tienen más audiencia, los periódicos porque venden más y los espectadores porque al fin y al cabo entretienen sus aburridas vidas con el color del mundo de la jet. ¿Será cierto?