En los años setenta, Spielberg hizo El diablo sobre ruedas, paranoia simbolista donde un camión perseguía, de una manera un tanto kafkiana, a un anónimo viajante. Ni él, ni los espectadores vieron el rostro del maníaco, que, con el don de la ubicuidad, ha saltado de película, regresando a la carretera para aterrorizar a tres jovencitos. Esto está de moda entre los hombres del saco desde Viernes 13, Halloween y Elm Street hasta Scream y la saga de Sé lo que hicisteis... Así que, aparentemente, Nunca juegues con extraños recoge el testigo de todos los precedentes mencionados, respetando las constantes de las road movies y las de las serial killers. Pero un director tan aplicado y perverso tenía que retorcer las cosas con su afilado sentido del humor. Por eso los policías son más vomitivos que el pobre Freddy Krueger. Y Nevada debería demandar a los productores por la publicidad negativa que hace de uno de los símbolos nacionales: la cadena de sórdidos moteles. Y lo mismo podemos decir del resto de los paisajes. Una catástrofe para el turismo interior. Hay también dos agradecidos guiños a Christine y El asesino invisible, que son otros referentes en la vertiente de coches asesinos. Y una encantadora frase lapidaria del malo, digna del protagonista de Taxi driver: «Me gustan las tormentas, mantienen a la gente en sus casas y lo dejan todo limpio». Además, John Dahl profundiza dentro de esta pequeña película de género en las esquizofrenias más americanas, presididas por el irracional miedo a los demás y a lo distinto: el asesino, ligando, le dice por radio a uno de los protagonistas: «No estoy seguro de ser como tú esperas». Y, cuidado, que la película, con su final abierto, deja expedita la vía para otra vuelta de tuerca.