La lluvia mansa de la Mazurca apareció por Padrón

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XOÁN A. SOLER / ÁLVARO BALLESTEROS

Los escritores estuvieron ausentes en el entierro del Nobel

19 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La polémica que rodeó en vida al exagerado niño de las Trulock le acompañó hasta el final de sus días. En su despedida de lo terrenal, si este término puede emplearse para el nuevo ser de un hombre que dormirá (y ahora sí) bajo tierra, abundaron los cultos institucionales. Luis Alberto de Cuenca, la ministra Del Castillo, Luis Racionero, Jon Juaristi, García de la Concha, Carlos Casares, Xosé Ramón Barreiro... y pocos, muy pocos escritores sin cargo oficial. Un dolorido Arrabal, que por su aspecto de querubín viejo y eterno parecía haber caído del cielo para recibirlo; el sencillo Díaz Pardo, refugiado en un rincón... Y pocos más. Famosos y «xente importante», como define el vulgo de Iria, sí hubo. Hasta Julio y Miranda enviaron corona, y Rocío Jurado y José; hasta los fotógrafos del país se quejaban del desembarco de los colegas madrileños del corazón, muy aviados con escalerillas metálicas para encaramarse mejor a los muros del cementerio de Adina, un camposanto ejemplar si no fuera por tanto mármol, con sus sepulcros en tierra, como debe ser, ayer salpicadito de flores frescas, que fue el detalle de los vecinos de Iria para sus muertos y para el que acababa de llegar. Un viaje sin choferesa Un último viaje sin choferesa y escoltado por una cuadrilla de los Bombeiros Voluntários de Valença de Minho -donde el escritor vivió, donde le nombraron su Bombeiro de Honor-, y una banda de gaiteiros dirigida por el maestro Xosé Luís Foxo. Era el final; un funeral discreto, sin la solemnidad de una coral, y un entierro sereno, crepuscular, con las ánimas rondando sin verse, y una sepultura orientada al sur, al pie de un olivo viejo. Siete horas antes, Alfonso González se subía al Castromil rumbo a Padrón. «Después de tener el honor de haberle conocido, ¿me inmortalizará, don Camilo, en una obra suya?». «Todo se andará, Alfonso -respondió don Camilo-; todo se andará». Y así fue que el limpiabotas del aeropuerto, nacido en Vigo un día de 1936, hijo de un vendedor de caramelos, apareció con nombre y apellido en una obra del escritor, en la novela Madera de boj. «De la página doscientos ochenta y uno a la...», dijo orgulloso en el asiento de atrás. Es Alfonso González un hombre culto que comenta la obra del Nobel con autoridad y lo recibía con un antiguo «Pláceme verle de nuevo Don Camilo», a lo que el hombre de la cabeza de caballo respondía: «Y a mí verle a usted, Alfonso; pero ahora vayamos a lo nuestro». Y entonces uno limpiaba botas y el otro contaba historias verídicas, o no. Alfonso y el Castromil, casi llegando a Padrón, se vieron frenados a las puertas de la colegiata por dos camiones monumentales que transportaban dos rascacielos tumbados. Mala carretera la de la Fundación. La admirable serenidad de la viuda de Cela le permitió, horas más tarde, urgir la construcción de una variante para preservar el espacio físico de un legado por el que querían «pagar generosamente» varias universidades del mundo universal. La primera de ellas la de Syracuse, aquélla que concedió al escritor su primer título honoris causa. Y fueron, los fondos de la Fundación Camilo José Cela, el argumento de alguien que ayer quiso responder a las críticas de los intelectuales y escritores anticelianos: «Nada se le debe a Cela en Galicia», dijeron. ¿Es la moneda de pago a la áspera imagen que el Nobel se empeñó en dejar? ¿A su clara tendencia ideológica? «Puede ser», decía el profesor Ponte Far al aire del jardín de la Fundación. No había escritores. Allí estaban los que estaban. Desde el juez Gómez de Liaño, clavado durante horas en la capilla ardiente, solo, a los pies del ataúd; hasta la señora Carmen, una de tantas, ésta llegada de un lugar de Pontevedra, aún ella misma sin saber por qué. «¿Usted lo conocía?». «Ppppssí -receló la mujer-. Era muy buena persona, lo que pasa es que no tenía pelos en la lengua y por eso caía mal». Camilo José Cela Trulock fue enterrado ayer en su tierra natal de Iria Flavia. El cura de Santa María recuperó una sentencia suya: «Los hombres, por la palabra, durarán más que las piedras».