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«Creo que la ría ya no está bien cuidada. Cada vez hay menos marisco»

Carlos Portolés
Carlos Portolés RIBEIRA / LA VOZ

SOMOS MAR

MARCOS CREO

Animada por su hijo, cambió su trabajo en la fábrica por el mar, y no se arrepiente

19 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

No es habitual que nutran rostros femeninos las páginas de esta sección. El del mar es un mundo que, como todos los otros mundos, tiene un largo camino por recorrer. Pero, aunque no sean muchas, hay un puñado de voces dispuestas a contar sus vivencias. Mujeres que se han lanzado al mar con sus nasas en un entorno a menudo hostil. Lucía Figueira es una de ellas. Trabajó durante décadas en una fábrica, con su horario fijo, su salario y su rutina. Pero la monotonía es un goteo que acaba erosionando lentamente el alma. Un día, simplemente se cansó. No quería seguir haciendo de Chaplin en Tiempos modernos. Fue entonces cuando su hijo le planteó una salida: «Mamá, vente a faenar conmigo».

Nadie nace sabiendo —aunque haya quien jure que ha nacido con un Quijote bajo el brazo—. Por eso, los inicios fueron comprensiblemente duros. Pero buen indio hace canoa. Poco a poco, se fue convirtiendo en una mariscadora más. «El primer día a lo mejor cogí medio kilo. Y al siguiente, un poco más. Así hasta que cada vez lo iba haciendo un poco mejor», cuenta Figueira.

No se arrepintió de tomar aquella drástica bifurcación vital. El mar es ahora su vida. Es militante de la ría, como tantos hombres y mujeres en esta tierra de arenas saladas y barcas ondulantes.

A pesar de haber pasado tanto tiempo en una fábrica, no era en absoluto ajena al mundo del marisqueo. «De pequeña recuerdo salir con mi padre. Lo acompañaba mientras faenaba. Siempre me encantó», rememora. Es una familia unida a las mareas por muchos frentes distintos. Una vinculación que traspasa generaciones. Se dice rápido, pero Lucía lleva ya más de 15 años como mariscadora a sus espaldas.

Mal tiempo y oleajes

Otro desempeño familiar es el de la fabricación de nasas. Ella y su hijo —que fue quien le enseñó esta disciplina artesana—, las confeccionan en su caseta del muelle de Rianxo para después venderlas. Como toda manufactura, la técnica tiene su ciencia. No obstante, nada que no se consiga doblegar con un poco de práctica, buen ánimo y disposición. Tres cosas que también se necesitan para embarcarse. Porque el mar es amante caprichoso. Se contradice y no da explicación alguna. Un día baila contigo dulcemente y al siguiente baila sobre ti —y, si no tienes cuidado, incluso sobre tu tumba—.

Sin embargo, Lucía ha aprendido a tratar con él. A todo se le pilla el secreto con el tiempo. «Cuando había mal tiempo siempre le tenía mucho miedo a los oleajes. Me tenía que agarrar fuerte para no caerme. Pero en el fondo me di cuente de que aquello me gustaba», admite.

Casi todos los lobos de mar coinciden en el miedo que tienen de que las profesiones tradicionales no sobrevivan a los nuevos tiempos. La de marinero es una vida muy dura, muchas veces frustrante e incierta. No dependes solo de tu trabajo, sino también de cómo se comporte la ría. «Creo que la ría ya no está bien cuidada. Cada vez hay menos marisco», se lamenta Figueira. Quizás por eso cada año flotan menos barcas cuando llega la campaña.

«Los chavales de ahora prefieren trabajar en otras cosas más seguras, tener un sueldo fijo. Es verdad que esta profesión es dura, pero en el fondo lo son todas», argumenta. Incluso tiene sus ventajas. En la fábrica, con jornada completa, apenas tenía tiempo libre para pasar con su familia. Pero la faena es mucho más flexible. Hay días que llega a casa a la una de la tarde, teniendo aún todo el día para ella. Los que se han pasado la vida sin disponer de él, saben perfectamente que el tiempo es la más valiosa moneda de cambio. Lucía es consciente de ello.

«Esto es así. Lo mismo tienes un año muy bueno y al siguiente te sale todo al revés»

El mes pasado, su hijo Iván aseguraba que él, sin el mar, «se moriría». Normalmente son los progenitores los que les transmiten sus más hondas pasiones a sus hijos. Pero en el caso de Lucía fue al revés. Es algo inexplicable y casi biológico. Hay familias que son de tierra y familias que son de mar. Los Figueira son de mar. Siempre lo han sido y, probablemente, siempre lo serán.

Tanto Lucía como su hijo tienen una reserva inagotable de historias y emociones vividas entre los vaivenes de las olas, los soles marineros y las búsquedas incasables de tesoros crustáceos. Es una emoción tan honda que, si no se ha vivido desde dentro, es difícil de comprender.

Pero, a pesar de que cada vez son menos, los que siguen faenando, lo hacen con pasión redoblada. A pesar de todo. De los precios, de la crisis, de la escasez de género, de las tempestades y de las vueltas de la vida. Mientras haya mar, habrá marineros.

Carácter estoico

Y Lucía Figueira mantiene un carácter estoico. Trata de quitarle importancia al asunto. Ella se preocupa exclusivamente de hacer bien las cosas. El resto ya irá surgiendo. «No hay un marisco que sea más difícil de coger que otro. Si hay cantidad y lo trabajas, se coge bien todo. La pena es que cada vez hay menos cantidad. Antes, por ejemplo, teníamos mucho berberecho. Ya no es como entonces. Pero esto es así. Lo mismo tienes un año muy bueno y al siguiente te sale todo fatal», asegura. Como el mar no puede escuchar, tampoco puede conmoverse por los lamentos de los que viven de él. Es un patrón al que no se le puede hacer huelga. Lo que queda es apretar los dientes y salir a faenar. Día a día.