El sector mar industria en su laberinto: retos ante el déficit de producto
SOMOS MAR
Es un hecho que Galicia cuenta con unas condiciones naturales singularmente idóneas para la producción de especies marinas de alto valor comercial. El mejillón y el marisco bivalvo de concha blanca se extraen o se cultivan en un espacio tan extenso (3.500 bateas y cien millones de metros cuadrados de terrenos de dominio público autorizados o concedidos para el marisqueo) como propicio para suministrar materia prima de calidad a un mercado nacional para el que somos primera opción, tanto en fresco como en la potente industria conservera autóctona. Una gran oportunidad competitiva en un mercado global.
Partiendo de esa premisa, es también cierto que las gentes del mar supieron desde siempre dar un uso eficiente y sostenible a esa riqueza, convertir un recurso natural en el sustento de la economía local, y generar con el tiempo y el esfuerzo de todos un potente sector mar industria, que hoy conforma uno de los tres pilares de la estructura económica de Galicia.
Sabemos por último que, al ser un sector tan amplio, se fue desarrollando a su alrededor una cadena de suministro completa, en la que durante décadas hemos sido capaces de cubrir todas las fases del proceso mar alimentario, desde la extracción y cultivo del recurso hasta su manipulación, depuración, transformación, conserva y comercialización.
Una cadena en la que el primer eslabón ha sido siempre el producto autóctono, justamente apreciado dentro y fuera. Y en torno a él: medios, conocimiento, estructura y capacidad de atender a los mercados. Hasta aquí, la parte positiva.
Sin embargo, es evidente que arrastramos algunos problemas estructurales, que se ven acentuados y devienen cada día más acuciantes en un contexto, el actual, extremadamente competitivo y en vertiginoso proceso de cambio.
Por ello, todos los operadores de la cadena mar industria nos equivocaríamos si creyéramos que en este sector, como en cualquier otro, una ventaja de partida es suficiente; que los subsectores tenemos ganada una posición prevalente eterna; que cada eslabón de la cadena es una pieza aislada donde la siguiente o la precedente es un adversario en lugar de un socio; o que somos inmunes a la constante evolución del consumo, del marco regulatorio, de los países competidores o de los mercados.
En definitiva, nos equivocaríamos si creyéramos que no nos hace falta entender la realidad exterior (la presente y la futura) ni mover ficha para ir adaptándonos a ella, a pesar de que va a condicionar a medio y largo plazo la rentabilidad e incluso la pervivencia individual y colectiva.
Por poner solo un ejemplo muy reciente, el brexit nos está mostrando hasta qué punto una decisión política tan ajena en apariencia a nuestro ámbito es capaz de trastocar determinados equilibrios en la cadena de suministro y ser un quebradero de cabeza más que preocupante para algunos de nuestros subsectores.
Nada que no hayamos visto ya en los últimos años, caso de los aranceles Trump, de la restricción de las exportaciones de alimentos a Rusia o, entre nosotros, de la incomprensible escalada de endurecimiento de los requisitos legales para el ejercicio viable de las actividades productivas.
Trasladado todo ello a los sectores mejillonero y marisquero, es evidente que todos (operadores, sector y administración) estamos implicados y debemos reparar activamente en la importancia estratégica que tiene el primer eslabón de la cadena: la producción de moluscos bivalvos.
Partiendo de esa premisa indiscutible, el punto de partida es estudiar bien los datos de extracción y ventas, analizarlos con una mirada amplia y preguntarnos algunas cosas muy básicas. Por ejemplo: si tenemos producción suficiente para servir de forma estable a los mercados; si el tradicional mecanismo de los planes de explotación (ahora trianuales: más rigidez) está siendo eficaz o debería ser revisado; si es lógico que las cantidades a producir se determinen sin atender a las demandas de los mercados y, por tanto, sin poder sopesar desde dentro las necesidades y el devenir de la distribución; si estamos siendo eficientes en la explotación racional de los espacios autorizados o concedidos para la explotación de estos recursos; si no será erróneo creer que precios altos puntuales equivalen a mayor facturación y rendimiento para el productor a largo plazo, o si el desabastecimiento que estamos padeciendo en el sector mar industria está abriendo paso a un peligroso posicionamiento de nuestros competidores europeos en el mercado nacional, el más importante del continente por sus hábitos de consumo.
Y como decimos, los números apuntan cada vez más en esa dirección. Tanto, que somos ya muchos los que opinamos que la falta de producción estable y suficiente de molusco bivalvo autóctono es un cuello de botella muy preocupante para el sector mar alimentario gallego. Seguramente el problema más importante de todos. Y lo que es peor, puede asentarse en un horizonte temporal cercano como un déficit estructural muy difícilmente reversible.
Es el caso de especies emblemáticas como la almeja japónica (de la que en el 2019 Galicia produjo tan solo 4.800 toneladas anuales, frente a las 35.000 de Italia); el berberecho (4.000 toneladas aquí frente a las 10.300 de Dinamarca o las 9.500 del Reino Unido); la chirla, donde nuestra producción es cero frente a las 2.000 toneladas de Andalucía o las 16.000 de Italia; la ostra (tan solo producimos 1.200 toneladas al año frente a las 85.000 de Francia, las 7.800 de Irlanda y las 2.500 de Holanda); y la vieira, volandeira y zamburiña (en las que apenas sumamos 500 toneladas ante las 35.000 anuales de Francia y las 27.000 toneladas del Reino Unido).
Sabemos que la problemática es compleja, que influyen muchos factores de todo tipo (sí, algunos de ellos climáticos y hasta cierto punto imponderables), y que entre los operadores implicados no hay opiniones unánimes. Pero al menos tiene que haber un consenso general en que unos números tan enormemente abultados obligan a parar para reflexionar juntos; ponderar los pros y los contras de algunos aspectos clave del actual sistema; y tratar de responder racionalmente a las preguntas que antes nos hacíamos y a otras muchas cruciales para el sector. Máxime si tenemos en cuenta que el 2019 fue para nosotros uno de los tres mejores años en extracción de moluscos de la serie histórica gallega de los últimos veinticuatro años, y aun así nos movemos en esas cifras ínfimas.
Y para ello urge crear un canal de diálogo permanente que siente en torno a una mesa a la producción, la comercialización, la transformación y la distribución, al objeto de evaluar en continuo las necesidades del sector gallego, buscando la unidad en la toma de las decisiones cruciales de las que dependerá algo tan básico como la disponibilidad de la materia prima que seamos capaces de vender en condiciones adecuadas.
Solo así podrá anticiparse la producción a las tendencias del mercado y a las necesidades de los consumidores, proveerlos con niveles de producción y de precios tan estables como los que ofrecen los competidores foráneos, y ser en definitiva mucho más ágiles, flexibles y competitivos en la adaptación a unas circunstancias que nos están cambiando día a día.
Queramos o no, de tener un suministro suficiente para atender al mercado van a depender no solo la producción, la depuración, la cocción, la conserva o la distribución sino la estabilidad y viabilidad a largo plazo del complejo mar alimentario autóctono en su conjunto, al menos como lo hemos conocido hasta ahora. Trabajar juntos en esto es crucial, y urge hacerlo ya.