¡Va por ustedes, señoras!


Hace un año, poco antes del inicio de esta nueva era de la mascarilla y el virus, fuimos muchos los que nos reunimos en O Grove para escuchar a tres mujeres: Carmen Domínguez A Toupeira, Pepita Abelleira y Rita Vázquez. Las tres, ya jubiladas y septuagenarias, venían a contarnos sus experiencias como mariscadora, trabajadora de una conservera y bateeira, respectivamente.

Los organizadores, la Asociación de Mulleres do mar de Arousa y el Ayuntamiento de O Grove, no sabíamos cuánta gente acudiría a nuestra convocatoria en la tarde de un sábado de enero.

Confieso que en algún momento temimos el vacío de la sala. Ni los más optimistas pudimos imaginarla abarrotada, con parte del público de pie. Ellas no nos defraudaron. El acto se alargó todo lo posible, hasta entrada la noche, sin que la atención ni el interés de la audiencia bajase. Las tres tenían ganas de hablar, de compartir con todos nosotros cómo había sido su vida, su trabajo, su familia. Haciendo alarde de su ingenio y con gran entusiasmo, nos demostraron que tenían mucho que decir. Sinceras, honestas, sin falso pudor ni modestia fingida, fueron relatando cómo habían empezado a trabajar de niñas, a los 8 o 9 años, a una edad en la que muchos de los que somos padres en la actualidad no dejamos a nuestros hijos ni ir solos al colegio. Durante una tarde llena de emoción, repasaron delante de todos nosotros sus maternidades, la relación con sus compañeras y compañeros, sus dificultades, sus malos momentos y sus alegrías. No había tristeza ni rencor en sus relatos, aunque motivos no les faltaban si hubieran querido estar enfadadas con el mundo. Sería largo repetir todo lo que se compartió esa tarde. Historias de mujeres que dejaron pronto la escuela porque estaban trabajando, mujeres brillantes que fueron excluidas de una formación y apartadas de una infancia porque tenían que aportar en casa. De mujeres que iban a trabajar a la batea sin saber nadar, a la seca o a la fábrica y que, al terminar, se ocupaban de la casa, de los hijos, de trabajar la tierra, de los padres ancianos… En ningún momento se lamentaron de su suerte, al contrario, se mostraban agradecidas por las mejoras que fueron llegando a sus vidas, en forma de lavadoras, de guantes para el trabajo o de empresas responsables. Conscientes y lúcidas, nos hablaron de la incomprensión de sus maridos y familias cuando participaban en trabajos comunitarios sin remuneración, o cuando no dejaban que el cansancio les impidiese disfrutar del baile o la fiesta. Nos hablaron de solidaridad entre compañeras, de la fuerza de la unión, de dignidad y de esfuerzo. Ejemplos vivos de una moderna economía social y colaborativa que practicaban sin saber que lo hacían, por pura necesidad y sentido común. Orgullosas de sus oficios y sabedoras, en el fondo de su corazón, de sus grandes logros. Sin reconocimiento público, pero conscientes de que gracias a ellas y a muchas como ellas, sus hijos, sus familias y sus pueblos habían salido adelante.

Les debemos mucho. Las Rías Baixas les deben mucho. Los pueblos costeros han crecido, construido casas, prosperado, enviado a sus hijos y nietos a la universidad porque estas mujeres han existido. Tristemente, lo han hecho en silencio e invisibles. Han estado calladas, me temo que a su pesar, sabiendo que aún tienen mucho que aportar. Quieren hablar y solo necesitan ser escuchadas, escuchadas de verdad, con la atención que se merecen, oyentes dispuestos a aprender. Se lo debemos. A Carmen, a Pepita y a Rita, y a toda esa generación de mujeres del mar que, a pesar de todo, no dejó de luchar y de buscar un futuro mejor. ¡Va por ustedes, señoras!

Por Sandra Amézaga. Politóloga. Secretaria de la asociación Mulleres do Mar de Arousa y miembro del comité estratégico de Aktea

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