Este jardín está para comérselo

AGRICULTURA

CESAR DELGADO

Hace dos años nació Olor y sabor, el proyecto de una agricultora bergondesa que está provocando que los niños suspiren por sus acelgas de colores (en especial las rosas), unas patatas con las que se puede dibujar el arco iris en el plato, brotes picantes para ensaladas y los pétalos de unas flores que crecen a los pies de los tomates a modo de escudo para las plagas

03 sep 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En el jardín de Begoña Sara Pena Cacheiro todo se puede llevar a la boca: hay caléndulas a los pies de las tomateras, frambuesas entrelazadas con dalias, moras y arándanos... Mucha variedad y colorido, algo clave para una agricultora que cuenta su día a día en las redes sociales: bajo el nombre de Olor y sabor va retratando su labor para conseguir las semillas, mantener su huerto paisajístico y hasta las recetas que cocina para su familia y que de paso propone a sus clientes. Todas componen bodegones con tonos saturados, a pesar de que no llevan filtro alguno. «Siempre me gustó plantar cosas nuevas y hace dos años tuve que cuidar a mi madre y pensé en empezar este proyecto: un huerto donde todo se complementase, solo trato las plantas cuando tienen un problema y a veces el tratamiento es una nueva especie que las protege, como pasa con el pulgón, que va a las flores en lugar de a la planta, y que también se puede degustar», explica una joven agricultora que ha reunido un catálogo de 140 tomates (el año que viene serán 200) y otros tantos de pimientos. Todos crecen entre flores como las siemprevivas, los tagetes o la caléndula. «Los pétalos se pueden comer en ensaladas o en muchos platos, en función de su sabor. Hace tiempo que lo proponen cocineros como Javier Olleros, de Culler de Pau», explica ante la casa familiar, ubicada en la aldea de O Casal, que poco a poco irá rodeando de más parterres comestibles. Donde hace años estaban los espacios para el ganado se ubican dos invernaderos y una mesa de trabajo para crear nuevas plantas repletas de productos casi exóticos: hay rúcula con un toque picante o acelgas naranjas, verdes o rosas que parecen plantas decorativas. «Tengo a familias que están enganchadas a estas verduras, las rosas les encantan a las niñas», cuenta sobre un proyecto que no tiene la certificación ecológica de forma intencionada, aunque la agricultura es natural, guiada solo por la luna, que marca las siembras. «No pago por el sello, no me parece justo ese sistema, pero todo en este huerto es sostenible, hasta la energía de los invernaderos, que sale de placas solares -apunta- la contrapartida es que así no tengo que repercutir en el precio final el coste del sello eco. Por eso la frase que más escucho de mis clientes es ‘¿solo?’ cuando les digo cuánto es». Begoña cuida en solitario de cientos de plantas entre las que también hay un gran catálogo de aromáticas con doce tipos de albahacas con unas flores especiales para ensaladas, además de lavandas, mentas o un largo muestrario de oréganos.

Desde China

Este jardín comestible colabora con el Centro de Formación e Experimentación Agroforestal de Guísamo custodiando y manteniendo vivas semillas de plantas autóctonas como el tomate negro de Santiago o el Lubre, entre otros muchos. Aunque en los bancales de Begoña crecen productos de muchos rincones del planeta, como las bayas de Goji o una planta crasa cada vez más cotizada en la alta cocina, la verdolaga. «Buena parte de la comida nos entra por los ojos y, además, de los nutrientes que aportan las verduras de colores está el color del plato, siempre que le acompañe el sabor», explica una agricultora que comienza a recolectar las primeras patatas púrpuras (como la double fun) o moradas, como heirloom, King Edward VII y la cheyenne. Todas pueden llegar en una cesta de cualquier tamaño a las casas (las lleva ella misma) y también existe la posibilidad de elegirlas en la propia plantación. Begoña ya tiene ofertas de algunos restaurantes, pero por ahora prefiere ir al ritmo que marca su jardín: «Me encanta cuidar de todo esto, incluso aunque lleve dos años sin vacaciones».

La electricidad para los invernaderos sale de placas solares y las semillas las obtiene Begoña de sus propios frutos: los seca y los clasifica. Colabora con el Centro de Formación e Experimentación Agroforestal de Guísamo para preservar variedades autóctonas de tomates que crecen entre flores como los tagetes (en la foto).

La electricidad para los invernaderos sale de placas solares y las semillas las obtiene Begoña de sus propios frutos: los seca y los clasifica. Colabora con el Centro de Formación e Experimentación Agroforestal de Guísamo para preservar variedades autóctonas de tomates que crecen entre flores como los tagetes (en la foto).