El largo sueño del monasterio

AGRICULTURA

Ramón Loureiro

Monfero posee una de las grandes joyas de la arquitectura monacal española, cuyas piedras guardan ahora silencio

03 nov 2014 . Actualizado a las 19:24 h.

A la Cámara de Juguete y a Servidor de Ustedes también nos gusta mucho volver, siempre que podemos, al monasterio de Santa María de Monfero. Y esperar allí a que caiga la tarde, mayormente por ver si con la llegada del crepúsculo regresan las sombras de los caballeros de piedra que están enterrados en la iglesia, y de los viejos abades que gobernaban todo aquel territorio como si fuesen reyes (a alguno lo asesinaron en el recodo de un camino, por cierto, se conoce que no todo el mundo estaba de acuerdo con lo que cobraba por las rentas), y de los monjes que estudiaban las Escrituras en pergaminos viejos, y de los legos que llevaban cuenta del ganado y de la labranza y que les enseñaban nuevos cultivos a los granjeros.

No es raro que esas sombras vuelvan, por extraño que a algunos les parezca. Solo hay que dar con la hora apropiada para ello.

Y así, puede ser que, si uno tiene suerte, se encuentre con que, conforme va anocheciendo, lo que en apariencia es el viento que pasa entre las ramas de un carballo viejo, no muy lejos de la fuente, en realidad sea el ánima de Nuño Freire de Andrade o Mao, que anda redimiéndose de «obrigas» mientras en su sepulcro, que está en el interior de la iglesia, reza lo siguiente: «En el nombre de Jesús, tened piedad del alma de Nuño Frei de Andrade, caballero de verdad, uno de los del Consejo del Rey, que falleció en el año 1431». O el ánima —esa es otra posibilidad-—de Aras Pardo das Mariñas (no confundir con su hijo de idéntico nombre, enterrado en la iglesia de San Francisco de Betanzos), que gracias a Dios no debió de ser tan ahorcador como su vecino de enterramiento, pero que con casi toda probabilidad también le echaba la mano a la espada muy fácilmente.

¡Qué hermoso sería poder ver restaurado el monasterio de Monfero...! Por más que uno sienta que esas ruinas también son parte de su vida, que tienen en su corazón un lugar que no es precisamente pequeño, más le gustaría que ese lugar abandonase su actual estado para volver a ser lo que era. (Lo que fue, durante siglos, para mayor gloria de la cultura europea).

El valor de lo que aún queda

Conserva el monasterio, todavía, algún resto románico, aunque los vestigios de su origen ya son los menos. Lo demás, también muy bello, es el luminoso testimonio, alzado en piedra, del paso del tiempo. Un testimonio que termina en el último de sus claustros, que quedó a medio hacer cuando las tropas de Napoleón llegaron... y empezó la catástrofe. Más tarde vino, ya se sabe, la Desamortización. ¡Tremendo....!