H e leído en La Voz, con estupor, que el Ayuntamiento de Santiago notificó, el 20 de agosto, una sanción de 750 euros a un ganadero de A Sionlla porque sus vacas defecan en una pista entre su explotación y los pastos. La denuncia fue interpuesta por un vecino y el Ayuntamiento aplicó la Ordenanza de Convivencia, a pesar de que en la misma se deja claro que el ganado está excluido de la prohibición de ensuciar las vías públicas.
Según parece, ¡horror!, el animal defeca al desplazarse desde el establo al prado y algunos vecinos han puesto el grito en el cielo. Según han declarado, la denuncia es el último recurso al no haber podido convencer al ganadero para que modificara sus costumbres horarias o variara su recorrido. Menos mal que no han tratado de convencer a las vacas, atareadas en sus labores pratenses.
Según la información publicada, se trata de una explotación que viene de antiguo, anterior a las nuevas construcciones, y la pista tiene su origen en la concentración parcelaria, de clara finalidad agrícola. Así las cosas, si el ganadero lleva sus vacas al prado, tiene derecho, y si estas defecan, tienen necesidad. Plantear que el hombre, o las reses, deben cambiar de hábitos es, además de una solemne estupidez, una muestra de cómo nos gusta la vida en el campo, pero sin moscas ni bostas.
Como siempre, los políticos han terciado en el asunto apuntándose al consenso vacuno. Así, el alcalde ha propuesto, siguiendo a algunos vecinos, que hay convencer al propietario del ganado de que espere un tiempo, desde que las reses se levantan por la mañana, para hacer el traslado, ya que ese es el momento en que el ganado defeca. Desconozco la raza de la vaca, pero tan milimétrica precisión en el horario de emitir excrementos debería premiarse y no castigarse; las que yo veo en el monte son de horario más disipado.
Veamos. Nos encontramos ante una historia esperpéntica que figurará en los anales de la estupidez, en la que los protagonistas son unos vecinos que viven en el rural, pero que no les gustan las vacas, y un Ayuntamiento poco diligente en sancionar a los corruptos pero muy rápido en multar al ganado. Para que los lectores se aclaren, todos quieren vacas estreñidas.
Recuerdo de mi infancia santiaguesa la feria de ganado en la carballeira de Santa Susana; a pesar de los excrementos, tengo una magnífica imagen de aquel mercado que, si no me equivoco, duró hasta la década de los setenta. Es verdad que las cosas han cambiado, pero la mayoría de nuestros concellos urbanos tienen una buena parte de territorio rural, en general, no muy distante del centro de las ciudades; en él hay cultivos, granjas, y a veces vacas que defecan.
Si quienes gobiernan nuestros ayuntamientos, o algunos de sus vecinos, no son capaces de afrontar esa realidad rural, yo me inclino porque, a partir de ahora, gobierne la vaca más votada. ¡Muuuu!
