Fuego en los genes

AGRICULTURA

Sabíamos que los montes de Galicia arden desde que existe la agricultura, y ahora el investigador Joeri Kaal nos dice que los gallegos llevamos el fuego en los genes porque nuestros abuelos de hace 7.000 años ya le daban al pedernal para ayudarse en la caza y, poco después, para mantener a raya la espesura y agenciarse terrenos de cultivo y pastoreo. Desconozco si los anales rupestres han documentado conductas desviadas de cavernícolas que prendieran el monte por dar sentido a su vida, por placer o por vengarse del de la cueva de al lado que le miraba mal, pero cabe concluir que en una gran parte de los 10.000 fuegos que se declaran cada año en Galicia la casuística no ha cambiado. Nos lo recuerda el conselleiro Juárez: «La finalidad última suele ser eliminar vegetación». Somos tan primarios como esos antepasados, pero mucho más primitivos. No hemos aprendido nada en siete milenios. La evolución de la incultura del fuego no nos ha llevado a mentalizarnos de la catástrofe de convertir un vergel en páramo, de hipotecar el futuro por un rendimiento económico cortoplacista o de poner en grave riesgo la vida de las personas. Lo que era una práctica de subsistencia se ha convertido en una patología incendiaria de terribles consecuencias. En una sociedad compleja, llamaradas sofisticadas. Hemos ampliado, y mucho, el catálogo de piromanías. Hoy, hasta queman el monte por llamar la atención. Una de las dianas está en Santiago, frente a la catedral: el Pedroso. Su epidermis es reiteradamente quemada mientras los turistas retratan esa fachada de fuego desde el Obradoiro. La imagen de Galicia, carbonizada.