TODOS, todos se van. Vigencia rosaliana, la maldición de origen que castiga a las tribus gallegas, andando y desandando el camino de las diásporas, no importa que los siglos muden sus dígitos. Leí, escuché un grito en la portada dominical de este diario, un aldabonazo en la conciencia militante de quienes reclamamos el futuro. Y le doy en llamar síndrome de Xiana, la niña que vino al mundo en Chandrexa, una aldea de la montaña ourensana, el mismo año en que fallecieron veintiocho de sus vecinos. Ella fue el único nacimiento del 2006. El 68% (214) de los municipios gallegos perdieron población. Se desangra el censo en los pueblos, en los concellos del interior. Se despueblan las aldeas, la geografía del rural, vuelven las levas migratorias a las ciudades de la costa y a otros destinos fuera de Galicia. El campo, la agricultura, la ganadería tiene escaso prestigio entre los mozos que huyen del campo. La piel de Galicia, que cubre el tópico verde y forestal, la misma piel que se quemó este verano y que buscó la mar con las riadas del otoño, es un bosque desanimado y feraz ayuno de compromisos. Canarias y Madrid, como antes lo fueron Montevideo o La Habana, Colonia o Zúrich, son los nuevos destinos laborales para los habitantes de un país que lleva el estigma de Ashaverus, el judío errante, marcado en su memoria de pueblo. En los programas de los próximos comicios municipales, los partidos y los candidatos tienen la obligación ética de realizar planteamientos que fijen la residencia de sus vecinos y la incentiven, que dibujen un nuevo mapa de los oficios buscando una demanda coincidente con la oferta, que inviten a profesionales nacidos en la comarca a no desertar, o incluso volver, a médicos y enseñantes, a informáticos y abogados, y de esta forma se irá construyendo una Galicia en la que quepamos todos. Nunca más habrá una eclosión industrial, grandes fábricas que ocupen a miles de trabajadores, la vida habrá que buscársela en estructuras productivas modestas, acaso medianas, y será menester apelar a la imaginación para hacer viable el futuro. Y aquí recuperamos un nuevo Nunca Máis al despoblamiento y la emigración, justo en el momento en que estamos descubriéndonos como país que recibe a contingentes de trabajadores asiáticos en la pesca y sudamericanos en todos los sectores. La fotografía de la pequeña Xiana es un argumento más que un retrato, un punto de partida para un debate y una reflexión que no debemos posponer. Este vaise..., el poema rosaliano, era una profecía.
