JOSÉ A. PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
11 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los leo todos y me interesan, especialmente, los que hablan de árboles; también, los que abordan la problemática del mundo rural. Me refiero a los artículos de la serie 100 ideas para situar a Galicia en el milenio, que publica este diario. Este viernes volví a estar de acuerdo con lo que en esa página se nos proponía. La autora del trabajo insistía en algo que es crucial en la Galicia actual y que condicionará la del futuro: la necesidad urgente de recuperar los usos de la tierra para salvar el medio rural. Galicia se nos está quedando como un erial improductivo. El censo de agricultores descendió en el siglo XX de casi 900.000 a 132.000. Algo alarmante si tenemos en cuenta que nuestra cultura es milenariamente campesina. Al hilo de lo leído, recordé lo que un viejo carpintero me contaba cuando, atraído por el olor de la madera trabajada, pasaba unas horas en su taller. Su amor por el castaño lo llevaba a ensalzar a este árbol en monólogos interminables. No había madera como la del castaño, noble y resistente como la propia gente del país. Y me explicaba cómo en torno al castaño se había organizado la vida y la economía del campesino gallego. Éste, próximo a su casa, tenía un souto poblado de castaños. Cuantos más árboles tenía, más holgada era su economía: se había establecido en el simbolismo de 365 el número indicador de una hacienda saneada. Los castaños impiden que crezca el tojo y la retama, y en su lugar se logra una hermosa pradera, en la que pastaban las vacas, comían los cerdos y las ovejas de la hacienda. Cualquier niño, abuelo u otro mayor de la casa podían cuidar de esos animales -sintiéndose, de paso útiles-, mientras los más jóvenes se dedicaban al cultivo de las fincas de labranza. Las castañas servían para el pote del caldo -así se hacía en toda Galicia, hasta la generalización de la patata, muy entrado el siglo XIX-, para alimento de terneros y cerdos -nada de piensos enloquecedores- y, cuidadosamente aireadas en el trastero, duraban todo el año. Además, como anualmente había que rarear la plantación, los castaños cortados se transformaban en esos magníficos chineros, armarios y dormitorios que heredamos de nuestros abuelos y de los que todavía presumimos con orgullo y nostalgia. Muchas veces tengo pensado en la calidad de vida de aquellos agricultores de nuestras aldeas. El mundo que necesitaban, en un palmo; todo a mano, de buena calidad, sin agobios de horarios ni planes de producción que cumplir. Y, además, todas las tierras cultivadas y a plena rendimiento, los montes cuidados, los ríos limpios y con truchas, las aldeas con niños que juegan y abuelos que colaboran y aconsejan. Hoy ya sabemos que la tecnología, por sí sola, no es el progreso. Para avanzar, necesitamos lo nuevo, pero sustentado en lo más positivo de lo viejo y lo tradicional. Lo de los soutos no es sólo una idea romántica. Sería hasta rentable. Por cierto, ¿saben cuánto cuesta un kilo de castañas?
