«Sufrimos insomnio; hay quien vendió el piso, volvió con sus padres o pide comida»

Carlos Rodríguez, presidente de Apemer y hostelero de ocio nocturno, relata las consecuencias de los cierres sufridos desde hace un año


Hubo un tiempo en el que a Carlos Rodríguez, presidente de la Asociación Provincial de Establecimientos Musicales y Espectáculos Reglados de Pontevedra, le iba bien con sus dos negocios de ocio nocturno en Vigo, el Island y el Cuarenta. La pandemia provoca que esos recuerdos sean lejanos, pero también le obliga a un análisis agridulce: «Yo tengo suerte porque puedo echar manos de ahorros, pero hay compañeros que han tenido que vender su piso, o regresar con sus padres o, incluso, pedir comida».

«El apoyo de la familia es fundamental. Ellos lo sufren, pero saben lo que te ha costado. No tengo plan B, llevo desde los 16 años en hostelería. Los amigos que tienen otras empresas también te dicen: ‘Vente, que algo habrá para ti’. Ese apoyo moral es tan gratificante como una bolsa de comida. Pero aguantas, como cuando empezabas, porque los autónomos no teníamos tiempo ni para enfermar. Te duele tirar la toalla», relata.

A Carlos Rodríguez, como a tantos otros, le cuesta dormir. «Los quebraderos de cabeza dan insomnio. Apenas duermo cuatro horas. Toda la vida trabajando de noche y ahora la prioridad son las reuniones de buena mañana para intentar ayudar desde la asociación. Recurrimos hasta a pastillas para dormir. La vida te cambia por completo. Es duro de soportar. Pero te agarras a un clavo ardiendo, te pones metas. Que si el verano, que si la Navidad, que si los políticos dicen que habrá ayudas y, digan lo que digan, piensas: ‘Tengo que llegar a cuando den esas ayudas’», describe.

«Pero lo cierto es que las ayudas, o se rechazan por la letra pequeña, o son insuficientes. Apenas 2.500 euros con el compromiso de mantener toda la plantilla (yo tengo 25 empleados que son como mis hijos) durante meses, y saben que no es viable con las restricciones», argumenta. «Nuestras inversiones en instalaciones fueron muy altas. Llevamos perdiendo patrimonio un año y no hemos abierto desde hace ocho meses. Si alguno sobrevive, se encontrará reabriendo con deudas de muchos miles de euros y préstamos difíciles de pagar. No podemos ni reciclar nuestras licencias para trabajar de día», concluye.

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