La primera vez que en La Voz se habló de las grandes epidemias: «¡Vivimos de milagro!»

[...] Las teorías sobre esta epidemia, o lo que sea, dan a todos los gustos: hay quien la toma como una moda, como la de morenizar el cutis o la de usar el bigote recortado Otros la atribuyen a los gases tóxicos del frente occidental. De ser así tenemos gripe para rato [...] En mayo de 1918, por lo que se desprende de esta gacetilla de La Voz titulada «¡Que viene el diplococos catarralis», lo peor aún estaba por llegar.

Así concluía, solo unos meses más tarde de aquella crónica, una nueva información de La Voz que ya no estaba para bromas. Las cifras que ofrecía el periódico eran escalofriantes: 115.317 habitantes fallecidos en España en un solo año. Y una tasa de mortalidad que en España lideraba Burgos, con el 18, 87 por ciento y en Galicia, A Coruña con el 9, 10 % (un dato que sitúa estos números en su auténtica dimensión: según el INE, en 2017 la tasa de mortalidad en Galicia fue del 9,7 ¡por mil!). [Consulta aquí la página completa]

No parece una desmesura que el periodista de aquel 18 de enero de 1919 se expresase con tal contundencia: «¿Será mucha exageración afirmar que vivimos de milagro?», fueron exactamente sus palabras. Y eso que las auténticas cifras de la epidemia, que según cuenta el periódico de aquella época —repleto de anuncios de reconstituyentes, purgantes y remedios contra la gonorrea— se trataba «con regaliz, purgas y sangrías» aún no habían trascendido, pues se calcula que aquel año murieron 300.000 personas en España debido a la gripe. [Consulta aquí la página completa]

Un dato casi anecdótico, desde luego, cuando hablamos de una epidemia que en el resto del planeta causó, como mínimo, 50 millones de muertos. Quizás el mayor holocausto sanitario de la historia. Las cifras no se pudieron constatar hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, porque las potencias europeas utilizaron la censura informativa como un arma de la contienda.

Y ese es el origen de que se acabase bautizando como gripe española a una pandemia nacida en Estados Unidos, que en la península fue tomada al principio a pitorreo y se llamaba popularmente «el soldado de Nápoles», en alusión al pasaje de una ópera de moda en la época, La canción del olvido, según nos recuerda nuestro viaje por el archivo hemerográfico de La Voz. España, neutral en la gran guerra, publicaba libremente los datos de mortalidad. En el resto de Europa los ocultaban y además desviaban el origen de la enfermedad hacia el sur, habituales destinatarios de los dardos de la leyenda negra, para no ofrecer síntomas de debilidad: por lo que se ve, los chinos no han inventado nada nuevo con su opacidad sobre los orígenes y la evolución de la actual epidemia de coronavirus que tiene al mundo en vilo, ni tampoco los americanos con sus últimas portadas en las que apuntan a China como el origen de todos los males del planeta.

Por contra, la ocurrencia de apodar a una epidemia con un nombre malintencionado, como ocurrió con la gripe española, creó escuela: «La gripe de Mao llegó ya a Europa, pero sus efectos son mucho más pequeños que en Norteamérica», titulaba en su primera página La Voz el 12 de enero del 69, utilizando el mote que en el mundo occidental pretendía imponerse para denominar a la oficialmente denominada gripe de Hong Kong, como se hace en esta página de La Voz unos días antes, el 5 de enero del 69. Eran las armas de otra batalla más sibilina que las de 1918, la guerra fría: en Hong Kong se localizó por primera vez la enfermedad, pero por entonces era una colonia británica y no parece que el vecino comunista Mao tuviese mucho que ver con la mutación de un virus común en patos que se cruzó con otro propio de los humanos.

Aunque con tal capacidad para manejar con el lenguaje un drama de la vida cotidiana no es de extrañar que de la gripe de Hong Kong se contagiase hasta el mismísimo Tennessee Williams, el autor de Un tranvía llamado deseo y ganador de un Pulitzer, que según relataba La Voz el 12 de enero de 1969, se convirtió al catolicismo después de superar una enfermedad que, refleja el periódico, contaba miles de muertos a la semana en EE.UU. «Williams, de 54 años, fue bautizado ayer por el padre Thomas Leroy, en Cayo Hueso». El dramaturgo moriría en 1983, muy en la línea de su azarosa vida, atragantado con un tapón de plástico. En cambio la reina Isabel II de Inglaterra, a la que también encontramos en las antiguas páginas de La Voz como víctima de la gripe del 57, sigue aún luchando con otros virus familiares que, si nos fiamos de los tabloides sensacionalistas, mutan más que el «diplococos catarralis».

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