¿Están seguros de que el color del año es el azul clásico?


El color del año de este 2020 por cortesía del comité de sabios -quiero decir, expertos- del Instituto Pantone es el azul clásico, o «classic blue» si nos ceñimos a su nombre oficial. Una elección sustentada en que recuerda al cielo del anochecer y que por ello nos anticipa lo que sucederá después.

En fin, yo lo que sí puedo anticiparles es mi desacuerdo con dicha designación. Y no porque el «classic blue» no deba convertirse en el color de este año, que seguro que sí. Sino porque a mí no se me ocurriría presentarlo como el azul clásico.

Teniendo en cuenta que según la RAE el adjetivo clásico se aplica a aquello perteneciente a la antigüedad, y preferentemente a la época griega y romana -aunque asimismo a otras culturas milenarias como la egipcia-, a mi modesto entender, el azul clásico por antonomasia debería ser el conocido como azul egipcio o azul de Egipto. Posiblemente, el primer pigmento sintético de la historia toda vez que ya se empleaba por aquellos lares en el segundo milenio a.C. (algunas fuentes citan su invención en torno al año 2200 a.C) para pintar sus elaborados murales. Un empleo que se mantuvo durante el Imperio Romano, hasta que, tras la caída de éste, el complejo proceso requerido para su preparación se perdió. De hecho, el secreto de su preparación sólo fue recuperado a partir de 1815, cuando el químico inglés Sir Humprhy Davy se interesó en él y lo investigó. Descubriendo que el procedimiento implicaba mezclar en las proporciones adecuadas caliza (CaCO3) y arena con minerales ricos en cobre como la malaquita o la azurita y calentar dicha mezcla a unos 800ºC. Si se hacía correctamente se obtenían unos cristales azules (desde un punto de vista químico, un silicato de calcio y cobre) que eran pulverizados y posteriormente mezclados con alguna sustancia adherente como clara de huevo o resina para su aplicación.

Y si uno prefiere atenerse en exclusiva al criterio de antigüedad para referir el clasicismo, entonces, ningún azul tan clásico como el «ultramarino», definido en muchas ocasiones como «el verdadero azul» por ser un pigmento natural que se obtiene a partir del lapislázuli, una gema que durante siglos sólo se podía encontrar en una zona montañosa de Afganistán. Aunque la piedra era conocida desde la antigüedad -más clásica-  y ya los egipcios la importaban y utilizaban para elaborar collares y otras joyas ornamentales; no empezó a usarse como pigmento pictórico hasta el s.VI d.C., en frescos budistas en su región de origen. Posteriormente el azul ultramarino desembarcó -como no podía ser de otro modo- en Europa a través de los puertos italianos en el s.XIV. Y de inmediato se convirtió en el pigmento más apreciado y preciado. Debido a su escasez y la dificultad de su preparación llegó a ser más valioso que el oro por lo que era reservado casi en exclusiva para pintar los ropajes de Cristo y la Virgen en los cuadros y frescos. Según la leyenda, el gran Miguel Ángel dejó inacabado su Santo Entierro al no disponer de fondos para adquirir el cotizado pigmento.

Y así de cotizado permaneció hasta el s. XIX. Entonces, en 1824, las autoridades francesas ofrecieron un premio de 6000 francos para quien fuese capaz de producir una alternativa más asequible. Cuatro años después, el premio era concedido al químico francés Jean Baptiste Guimet, que había desarrollado un método secreto para obtener un análogo sintético bautizado como ultramarino francés. Y que tras comenzar a producirse en 1830, sustituyó al pigmento natural en la paleta de los pintores.

Ah, y por cierto, para pintar el cielo de su incomparable Noche estrellada Van Gogh recurrió a una combinación de tres azules: el azul de Prusia, el ultramarino, y el azul cobalto o azul Thénard -en honor al químico francés que lo sintetizó-, al respecto del cual el pintor afirmaba que «no hay nada tan bello para representar la atmósfera».

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