Lameiros: un sistema centenario contra el hielo

Científicos de Europa estudian el mecanismo natural que usaban las antiguas poblaciones gallegas para evitar la congelación de los campos. El método aprovecha el agua de los ríos y los manantiales para bajar la temperatura de congelación.


redacción / la voz

Desde que el potente anticiclón dirige la orquesta atmosférica, las temperaturas mínimas alcanzan registros muy bajos. Los valores negativos producen intensas heladas. «Estas xeadas nesta época do ano son beneficiosas para as plantas, porque aumentan os azucres como método anticonxelante. Os grelos de Monfero, por exemplo, adquiren un sabor máis doce e unha textura máis tenra», reconoce Juan Castro, investigador del Centro de Investigacións Agrarias de Mabegondo. Sin embargo, la inminente llegada del aire frío y seco de origen polar aumenta la probabilidad de que aparezca un fenómeno que causa estragos en la vegetación: la helada negra. Surge cuando el mercurio marca cifras bajo cero pero no se forma escarcha. «Hai máis risco de que se produza nos pastos da montaña», apunta Castro. Afortunadamente muchas de las zonas elevadas de Galicia, especialmente en las montañas de las provincias de Lugo y Ourense, disponen de un sistema ancestral para combatir los efectos de las temperaturas extremas: los lameiros o prados de riego, que permiten que el agua actúe como un anticongelante. «É un tema precioso e esquecido en Galicia pero moi valorado no resto de Europa. Están considerados como patrimonio cultural da Unesco en lugares como o norte de Portugal, porque son unha demostración da relación centenaria do home coa natureza», apunta. Los historiadores discrepan a la hora de situar en el tiempo la introducción del sistema en la comunidad, pero estiman que desde la Alta Edad Media existe este mecanismo que aprovecha el agua de los ríos y los manantiales para proteger al campo. Algunos investigadores se remontan incluso al Neolítico o a la cultura grecorromana. «Na montaña de Lugo usábase moito a auga dos mananciais porque a súa temperatura é máis elevada ca do aire, e ademais os minerais exercían de anticonxelante. Da mesma forma que as substancias químicas que leva a auga dos coches diminúen a temperatura de conxelación ata dez graos baixo cero, a auga dos mananciais que descendían dende as zonas altas evitaba que os prados se conxelasen. Isto era habitual nos Ancares ou no Courel», explica. Se trata de una auténtica obra de ingeniería formada por pequeños regatos o canales que pueden llegar a tener una extensión de hasta tres kilómetros, y que conducen el agua hasta la vegetación que se quiere proteger. Un tesoro natural que diseñaron los gallegos de antaño para aprovechar un recurso que abunda, la lluvia. «Eran xente moi intelixente. De feito, trátase dun sistema que a ciencia europea aínda estuda hoxe, sobre todo no contexto do cambio climático, porque é un método sostible, xa que non utiliza abonos, senón as propiedades minerais destas augas. Por outra banda, os lameiros fan unha labor perfecta de filtrado e impiden que haxa inundacións», confiesa Castro. Los lameiros, como las turberas, son una demostración de que la riqueza natural de Galicia no tiene límites y de que el aliado perfecto para combatir el calentamiento global generado por la actividad humana se encuentra en la naturaleza.

Turberas gallegas para frenar el cambio climático

xavier fonseca
Turbera de los montes de O Bocelo. Estos entornos bajos en oxígeno acumulan una gran cantidad de co2
Turbera de los montes de O Bocelo. Estos entornos bajos en oxígeno acumulan una gran cantidad de co2

Las de la comunidad son las que más dióxido de carbono retiran de la atmósfera en todo el planeta

Los científicos que estudian el clima del pasado acuden a testigos naturales como el hielo de los polos, el anillo de los árboles o las turberas, humedales que han estado acumulando restos vegetales durante miles de años. «En Galicia pueden tener espesores de hasta ocho metros de profundidad que permiten retroceder unos 12.000 años», explica Antonio Martínez Cortizas, biólogo de la USC e investigador en paleoclima.

Las turberas gallegas ocupan un área de diez mil hectáreas repartidas por toda la comunidad aunque la mayoría se concentran en la Serra do Xistral. Además de actuar como un libro que describe las condiciones de antaño, una investigación publicada en Nature en la que ha colaborado Martínez Cortizas señala que ejercen una función muy importante como sumideros, captadores de dióxido de carbono. «A nivel mundial son un gran reservorio de carbono. Contienen una cantidad equivalente al que existe en la atmósfera. Las turberas del hemisferio boreal absorben más que las del austral y la acumulación aumenta cuanto más al norte», indica Cortizas.

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