«Es la mejor experiencia de mi vida»

Jóvenes de todos los países llegan estos días a Galicia para comenzar el nuevo curso gracias a familias que, de manera voluntaria, les abren sus casas y sus corazones


Redacción / La Voz

Como Philippe Abrams cuando llega a la a priori fría y triste Bergues en Bienvenidos al norte, muchos jóvenes se preguntan «¿qué hace un chico cómo yo en un sitio como este?» cuando llegan a Bertamiráns, Brión o Luou. Procedentes de pequeños pueblos o grandes ciudades de Japón, Eslovenia, Tailandia, Turquía o Estados Unidos, a ninguno de los cientos de estudiantes que cada septiembre aterrizan en la comunidad para comenzar aprender a vivir como galegos les resulta fácil adaptarse, aunque pocos meses más tarde ya reconozcan las filloas como su plato favorito y la retranca se haya apoderado de ellos. En menos de una semana la experiencia la repetirán 114 extranjeros de la mano del programa AFS Intercultura, y gracias a las muchas familias que, sin remuneración económica alguna, ponen a disposición de estos alumnos extranjeros sus casas y los convierten en un miembro de la familia más.

Es el caso de Blanca Rodríguez. Esta profesora de Física y Química de un instituto de Perillo (Oleiros) fue madre de acogida hasta el pasado junio de Rachel Sperry, una joven de 16 años que pasó de llevar una tranquila vida en Webster, un pueblo de 600 habitantes de Wisconsin, a «no saber qué iba a hacer cada día, la gente gallega no sabe qué se va encontrar cuando se levanta y eso es muy divertido», comenta la joven, ya al otro lado del charco.

Rodríguez, que vive en Cambre, asegura que no tuvo que hacer grandes esfuerzos para que Rachel estuviera a gusto. «Se adaptó genial a la vida que llevamos aquí: iba al gimnasio, a la escuela de idiomas, practicaba atletismo con mi hijo... Le sacó el máximo rendimiento a las oportunidades que le ofrecía el hecho de estar en otro país», asegura la que fue su madre postiza durante unos meses.

Sin hablar castellano

Pero los inicios no fueron fáciles para Rachel. Las circunstancias obligaron a la joven a cambiar de familia, y ahí fue cuando Rodríguez, que era su profesora, se planteó ayudarla «porque no es tan fácil encontrar otra familia», explica. A partir de ahí las cosas fueron rodadas salvo por el hándicap del idioma, ya que la adolescente no hablaba nada de español, por lo que suplieron la lengua de Cervantes por el inglés. «A mis hijos les venía genial para practicar, aunque sabíamos que teníamos que hablar en español para que Rachel mejorara». Y cuando mejoró no hubo quien la parase. Tanto que ahora solo piensa en volver. «Quiero llevar a mi familia para que conozcan a la gente con la que estaba en Galicia, poder comer filloas, que es la comida que más me gusta y pasar tanto tiempo en la mesa como hacéis ahí», y añade con ese sentimiento de morriña que tan bien conoce: «Es que fue la mejor experiencia de mi vida».

Mucho que estudiar

A pesar de estos sentimientos favorables a todo lo que rodea a Galicia, Rachel no cambiaría el sistema educativo norteamericano por el español. «En España solo estudias, pero en Estados Unidos repartes el tiempo con deportes y proyectos». Su madre de acogida ya lo había adelantado. «Siempre decía: ‘‘¿Dónde está Carlos [hijo de Rodríguez]? Ah, estará estudiando, como siempre...’’». Pese a inconvenientes propios de un cambio de cultura, Rodríguez cree que el balance ha sido tan positivo que quiere que sus hijos vivan una experiencia similar. Por eso, en breves su hija se marcha unos meses a Australia y su hijo, «todavía no, porque con 14 años me parece pequeño, pero todo llegará».

Desde los años setenta

AFS, que en Galicia lleva funcionando desde los años setenta, permite que los alumnos «pasen desde tres meses a un curso entero de inmersión cultural en otro país. A lo largo de la estancia, las familias que ahora están expectantes por conocer al nuevo miembro de la familia, participan en actividades que les ayuden a la adaptación y a estrechar los lazos que se crean entre ambos», comentan fuentes de la organización.

«Hay quien busca un ‘‘au pair’’ o un profesor de inglés, y esto no tiene nada que ver»

Aunque los jóvenes que llegan a España no tienen que cumplir «ningún requisito específico», es verdad que pasan varias pruebas para que la organización conozca «sus motivaciones y sus debilidades, para poder fortalecerlas. Además también se le hace una entrevista a la familia del menor para conocer su contexto», explica Gracy Buenestado, que además de haber sido familia anfitriona en numerosas ocasiones, pertenece al comité de AFS en Galicia.

«En cuanto a las familias, tampoco tienen que tener cuentas bancarias abultadas ni nada parecido. De hecho, el año pasado tuvimos una familia anfitriona en la que los dos padres estaban en el paro, y es que solo pedimos que traten al chico que llega como si fuera un hijo y que tengan unos recursos mínimos». Además, añade: «Tienen que tener claro que son voluntarios, que nosotros no ofrecemos ninguna remuneración económica. Por otro lado, una cuestión importante es que hay personas que se confunden, vamos a decir, y buscan un au pair o un profesor de inglés, y este programa no tiene nada que ver con eso. De todos modos, en general la gente es estupenda y en los últimos 16 años solo hemos rechazado a una familia».

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