Mi abuelo tiene un «smartphone»

¿Son incompatibles la tercera edad y los teléfonos inteligentes? Asistimos a un curso de alfabetización digital para constatar que no, que querer es poder

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Mi abuelo tiene un «smartphones» ¿Son incompatibles la tercera edad y los teléfonos inteligentes? Asistimos a un curso de alfabetización digital para constatar que no, que querer es poder

Santiago / La Voz

Sitúense: las diez y media de la mañana en un aula de Ategal (Aulas de Tercera Edad de Galicia) en Santiago. Somos quince, trece alumnos; alumnas más bien, porque solo hay dos varones. Empieza un curso para entender el smartphone y todos los participantes sacan el suyo. ¿Todos? La señora que está a mi lado, no: «Se me ha olvidado, pero esto es lo más básico. Yo ya me lo sé». Pero no todo el mundo empieza con tanta suficiencia. Antes de que Ramón, el profesor, empiece su lucha en el encerado se oyen por el aula algunas preguntas inquietantes del tipo «Ehh... ¿dónde están los números?». «Es que a mí no se me descuelga», se queja otra señora bajita que enarbola en una mano el smartphone y en la otra un terminal más antiguo, pero con teclas y números físicos, tangibles, de verdad. La señora le pide al profesor que le cambie «la batería» de un móvil a otro, aunque lo que realmente quiere es que le cambie la tarjeta. No hay problema, Ramón inicia la demostración de paciencia con la que guiará sabiamente la hora y media de clase.

El curso es para usuarios de Android y aunque hay consultas de todos los niveles, la mayoría llevan a los nietos en el escritorio de su terminal. Pregunto a derecha e izquierda:

-La foto de su nieto, ¿se la puso usted?

-No, me la puso mi marido.

-¿Y usted?

-La puse yo, pero ya no me acuerdo como.

La clase comienza con los tres botones básicos del teléfono: Home, atrás y el tercer botón que, al parecer, tiene aplicaciones distintas según el fabricante y la versión de Android, lo que genera ya una confusión notable entre la parroquia. Ramón tiene un plan: después de explicar cada botón les pide que investiguen y elaboren una tabla con qué cosa hace cada uno de los tres botones en su propio terminal con un clic y un clic sostenido. Y vuelven los comentarios descorazonadores:

-Yo no tengo el tercer botón.

-El mío no tiene clic.

-Yo no tengo el home.

-¿Qué es Android? 

Los nietos, la clave

Poco a poco, la clase va entrando en calor y las tablas salen con bastante exactitud. Más o menos todos tienen alguna experiencia con el teléfono y lo que es indiscutible es el interés por aprender. Así que, con alguna dificultad, Ramón va repasando el folleto que ha distribuido y que, dice, quiere finiquitar en esta, la primera de las cuatro clases del curso. Vamos repasando el encendido, los botones externos, los iconos, cómo llamar, cómo guardar un contacto... En muchos móviles se aprecian las secuelas de dejárselo a los nietos, que se han bajado en el terminal de los abuelos sus propias aplicaciones.

En el otro lado del aula, una señora presume: tiene algunos contactos ¡con foto! Otra dice que solo usa el bluetooth en el coche. La clase se está viniendo arriba. O al menos una parte, pero el tiempo se agota con rapidez. «¡Ya son las doce!», constata Ramón, que mira para el folleto que aún está por la mitad. Ciertamente, la clase se ha pasado en un tris. Y no hemos pronunciado la palabra WhatsApp. Sorprendente:

-¿Usted lo tiene?

«No lo quiero», me contesta una señora con la boca pequeña». «Yo sí -dice otra-. Para enviar fotos y vídeos de los nietos». Como se ve, los nietos son uno de los principales motivos que han traído a esta buena gente a mejorar su cultura digital.

«Esto de momento es muy light», deja caer una de las señoras, mientras enfila la salida. Otra me cuenta que, del mundo virtual, le basta con el correo electrónico, aunque tiene cuenta en el «feisbuc», así, con el acento en la última sílaba: «¡Tantos amigos, tantos amigos...! ¡Yo con mis amigos me siento y me tomo un café!», dice con sabiduría. Y ya me voy cuando vuelve la señora del principio, la de los dos teléfonos, a pedirme que le cambie «la batería». Me resisto, le digo que la llamo y practicamos tres veces cómo descolgar.

-Tiene que aprender.

-Sí, pero es que estoy esperando una llamada importante.

Ramón se incorpora e intenta convencerla de que se quede con el teléfono nuevo. Después de practicar otras tres veces, ¿Qué creen que ocurrió?

Ramón le cambió la tarjeta, claro.

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