El bastón argentino

La vara de mando de los presidentes se confeccionó durante muchos años en caña de Malaca, con puño y regatón de oro de dieciocho quilates, más dos borlas


Escritor y periodista

El bastón de mando de los presidentes de la República Argentina se confeccionó durante muchos años en caña de Malaca, con puño y regatón de oro de dieciocho quilates, más dos borlas. Así fue hasta el final de la dictadura. Entonces el presidente Raúl Alfonsín decidió cambiar los materiales y el diseño, y le encargó el bastón nuevo a Juan Carlos Pallarols, el sexto vástago de una dinastía de catalanes emigrados que ha hecho hasta cálices para el Vaticano.

Como el país estaba arruinado, Pallarols sustituyó el oro por la plata, que es justamente la que da su nombre a la Argentina y además es más barata; y como la caña de Malaca era un producto de importación que traían los ingleses de sus colonias, eligió en cambio el urunday, un árbol autóctono que crece en el norte el país y que brilla por sí solo, simplemente con acariciarlo un poco, sin necesidad de lacas ni de barnices. Pallarols le puso además al puño un escudo de la República con veinticuatro cardos alrededor, uno por cada provincia, y tres pimpollos en representación irredenta de las Malvinas. A cambio pidió únicamente un peso en pago. Desde entonces, le ha tocado a él hacer, a ese precio y cada diez de diciembre de año preelectoral, los bastones de mando de los presidentes sucesivos: Menem, De la Rúa, Rodríguez Saá, Duhalde, Kirchner, Fernández?

Para el bastón de mando que debía empuñar el nuevo presidente Mauricio Macri, Pallarols decidió enriquecer todavía más su metáfora patriótica. Así que esta vez se llevó el bastón en el que estaba trabajando a un viaje por todo el país. Por donde pasaba invitaba a los argentinos a dar un golpe de cincel en la empuñadura, para que fuese la obra del pueblo. Lo que en su taller del barrio de San Telmo le hubiese llevado quince días le consumió de este modo un año de trabajo. Participaron miles de espontáneos, incluida una mujer que en vez de uno dio dos golpes de cincel: «Uno por cada hijo que perdí en las Malvinas», le dijo al platero. Este era el bastón que iba a estar entre las manos del nuevo presidente.

Y sin embargo no ha sido así. Como se sabe, el traspaso de poderes en Argentina ha acabado convirtiéndose en algo muy argentino también: en uno de aquellos dúos recriminatorios de Pimpinela. Cristina se negaba a entregar el bastón y la faja -la faja ceremonial, se entiende- en la Casa Rosada, y Mauricio no quería recibir estos atributos del poder en el Congreso. Y el bastón del catalán se encontró en medio de este pulso entre lo saliente y lo entrante. Unos le decían que no entregase el bastón, los otros se lo exigían? El caso es que, al final, el presidente Macri, que había encargado por su cuenta otros tres bastones por si acaso, decidió adoptar el de otro orfebre.

Por lo que sé, ese otro bastón de mando está hecho en otra madera argentina, el petiribí que crece en los claros de las selvas de Misiones, y lleva incrustaciones de turquesa, ónix y jade, además del viejo lema «En unión y libertad». No lo he visto, así que no sé si la Argentina gana con el cambio. Quizás el cambio, en esto como en lo demás, sea por sí mismo algo bueno. Pero había algo que me gustaba en el bastón de Pallarols: era esa idea de que lo habían hecho los argentinos, que solo se lo daban en préstamo al presidente. Y también me gustaba su valor didáctico. No se puede decir que haya funcionado muy bien para todos los presidentes que se han apoyado en él, pero el bastón constituía en sí mismo una advertencia. Porque la madera de urunday tiene otras características además de su brillo natural: es a la vez muy resistente y flexible, no se tuerce nunca, no la invade ningún parásito. Sobre todo, no se corrompe nunca.

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