La playa como campo de batalla

H.J. Porto

SOCIEDAD

Plantar bien una sombrilla requiere pericia estratégica. Las que siguen son algunas circunstancias que un bañista debe valorar

19 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Ay de aquel que cree que colonizar un trozo de playa para instalar su toalla es tarea trivial. Los hay que son expertos, conocedores del arenal, y donde plantan la sombrilla tal afirmación territorial dura lo que la jornada de sol (y más); y también los hay que en una sola sesión acaparan hasta media docena de ubicaciones distintas, y ninguna resultará cómoda. Entrar en la playa no es asunto inocente, mejor tomarse un tiempo y valorar los pasos a dar oteando desde un altillo de la duna.

La familia y uno más

Mesa plegable y pelotita

Lo primero a detectar (y evitar) son los grupos numerosos. Ah, la familia. Pequeñas aglomeraciones de mesa plegable, cortavientos, sombrilla, transistor... y la pelotita del niño. Huir. No solo por el temido balonazo y la emisión en directo del Tour... Y es que cuando abren el táper proclaman al viento la indigencia de tu sándwich de pavo.

Los vigilantes de la playa

Odiosas comparaciones

Regla fundamental del bañista básico es no extender la toalla en las inmediaciones de la caseta de los socorristas. Las urgencias de la vida moderna impiden a la mayoría llegar al estío con la musculatura tonificada y el peso ideal. Aunque ello no deba ser un escollo, tampoco es aconsejable facilitar odiosas comparaciones.

Nube puñetera

Con el parte bajo el brazo

Nadie puede ir a la playa con la tabla de mareas, o llevar el parte meteorológico bajo el brazo. Las consultas, antes de salir de casa. Pero por informado que se esté, contra todo optimismo, el bañista que aspira al bronceado premium ha de toparse con la nube puñetera. Sí, aunque se mueva, vaya adonde vaya. Contra esto, solo paciencia.

Línea de la marea

Allá donde fueres...

Haz lo que vieres. Sería tarea ardua estudiar la cadencia de las mareas y sus necesidades de explayarse (¡bien expresado!). Si uno no quiere caer en continuos y rápidos alejamientos bártulos en ristre o despertar violentamente anegado, mejor observar dónde se apostan los viejos del lugar. Y, claro, tomar nota. Nadie sabe como ellos.

El chiringuito

Equidistancia e hilo musical

Sobra quien apela a la belleza salvaje de las playas. Pero caminar un kilómetro sobre la arena ardiente hasta el chiringuito para probar una cerveza de grifo bien tirada es un error (sobre todo, por el regreso). Ni eso, ni tenerlo tan a mano que el hilo musical impida una siestecita o escuchar el rumor del mar. En fin, equidistancias.