«Rosalía es nuestro Cervantes»


redacción / la voz

«El mecenazgo tiene que ser inteligente. Es como el smart money. Si solo es dinero, su efecto se agota cuando se acaba. Pero si es un dinero inteligente, entonces su labor trasciende», reflexiona Javier López, director general de la Fundación Barrié.

-Cuando creíamos que ya estaba todo contado sobre Rosalía de Castro, aparece la Fundación Barrié con un ejemplar único de «Cantares gallegos» bajo el brazo.

-Ese libro, que nos muestra a una Rosalía desconocida y que nos permite completar un puzle donde los que más habían estudiado a Rosalía de Castro tenían otras hipótesis sobre su relación con Fernán Caballero, será un reclamo para la casa museo de Padrón. Porque Rosalía es nuestro Cervantes y Cantares gallegos es nuestro Quijote. Es el Santo Grial de la literatura gallega.

-Se han convertido casi en los últimos mohicanos del mecenazgo en Galicia...

-Si de algo estoy orgulloso de nuestra labor de mecenas no es tanto de ser mecenas de cualquier hecho cultural, sino de aquellos iconos que nos marcan de una manera muy clara: la catedral de Santiago, la Real Academia Galega o Rosalía de Castro. Hay que priorizar los esfuerzos, porque no podemos llegar a todo, y por eso fijamos nuestras acciones en aquellos elementos que son patrimonio de referencia para cualquier gallego. Es una seña de identidad de la fundación.

-Otra de sus señas de identidad es la apuesta por la educación. Decía aquí César Molinas que de este agujero solo podemos salir con más y mejor educación. ¿Lo suscribe?

-Singapur es un buen ejemplo. En los informes PISA estaba en el puesto 50, muy por debajo de la media, e hicieron un cambio consciente de su modelo educativo. Ahora para ser profesor en Singapur tienes que estar entre el 5 % de los mejores de tu carrera y luego hacer una especie de MIR para profesores. Y el profesor mejor pagado de Singapur es el de primaria, mejor que un catedrático de Universidad. Este salto de calidad en la educación ha sido clave para el salto de calidad que ha dado como economía en el contexto mundial. Nosotros tenemos clara esta apuesta por la educación. Nos obsesiona la educación.

-¿Y dónde acaba la cultura y empieza la educación?

-Cuando hacemos una exposición siempre organizamos talleres didácticos alrededor de la muestra. Y tenemos, por ejemplo, el programa Despertar a las artes, para niños de cero a cuatro años, que cuando diseñamos los presupuestos no sabemos si meterlo en educación o en cultura. En realidad da igual. Lo importante es que es una acción educativa que utiliza la cultura y las artes como vehículos.

-O sea, que el arte puede servir para aprender a aprender...

-Una de las propuestas en las que estamos trabajando es el proyecto Zero de la Universidad de Harvard, que fue liderado por Howard Gardner y en el que tenemos como colaboradora a Cristina Pato, lo que prueba el talento que atesora la red de becarios de la fundación. Es una experiencia que tiene como uno de su pilares el uso de las artes escénicas y de la música como estrategia para estimular el interés por aprender. No para aprender música o artes escénicas, sino para estimular el aprendizaje.

-Pero no todo es poesía y arte en esta vida, también está la cruda realidad. ¿Con qué proyecto se queda del área social de la fundación?

-Una de las mayores satisfacciones es participar en actividades donde internos de las prisiones se han convertido en educadores del programa de prevención de consumo de drogas Di que non. Los orientadores de los colegios donde hemos impartido estos talleres nos dicen que un Di que non equivale a un año de su trabajo. Al estudiante, si un psicólogo le habla del botellón, se cree que es moralina, pero si lo hace un interno, se queda impactado. Y todavía más cuando algunos alumnos acceden a estar diez minutos en una celda para hacerse una idea de la vida en la cárcel...

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