Siempre que le han propuesto matrimonio, a Eva le ha dado por huir. Ha elegido vivir sin pareja, pero no ha renunciado al amor ni mucho menos a la amistad: «todos los viernes tomo un vino con alguien muy especial»
08 jul 2013 . Actualizado a las 13:41 h.Eva aún no sabe muy bien por qué, pero cada vez que le han pedido compromiso se ha dado a la fuga. Y eso que hace solo unos años la oportunidad se le presentó con una cartera bien llena. «Hasta tres veces me pidió matrimonio, pero soy una persona libre y he elegido vivir así». A sus cincuenta y diez, esta enfermera de Entomá (O Barco de Valdeorras) asegura que lo único que le falta en su vida es tiempo para hacer cosas. ¡Y tanto! Ha recorrido 41 países, suele hacer hasta cuatro buenos viajes al año, y uno siempre obligado a África. En el Club Viajeros Solitarios de Vigo ha encontrado una gran familia y se une a ellos cada vez que puede: «Me han dado la posibilidad de ir acompañada, porque somos muchos los que adoramos viajar, pero en un momento determinado no tenemos con quién hacerlo. Este club no tiene nada que ver con rollos de contactos ni fórmulas de ese tipo. Todo lo contrario». Y pone un titular a su historia: «Los viajes son para mí la vida».
Eva ha estado este año en Kenia y acaba de llegar de Perú, un lugar que recomienda porque ha sentido una «conexión maravillosa con la gente de allí». Está en ese punto de su vida en que lo físico ha pasado a un segundo plano, pero no renuncia tampoco a entablar relaciones ni se cierra al futuro en el amor. «Yo creo que existe la amistad entre un hombre y una mujer, de hecho, todos los viernes quedo para tomar un vino con un amigo muy especial, pero sinceramente creo que si por ambas partes hubiese algo más no funcionaría. Eso no quiere decir que no pueda aparecer alguien que te cambie tu modo de pensar, pero tendría que llegar a través del corazón. Aunque a estas alturas, desde luego, no necesito un hombre para ser feliz», dice rotunda.
Mientras acaba de darle su toque a un bacalao en salsa verde, porque ella es de las que cocina para sí, Eva relata su rutina, en la que la palabra actividad se hace monosílaba. ¡Ay! En ese suspiro se encierra un estilo de andar por la vida en el que es necesario ponerse zapatillas de correr. Va al gimnasio todos los días, canta en una coral, está a vueltas con los idiomas (una asignatura pendiente), arregla su casa, aprovecha los minutos con sus amigos, es una lectora compulsiva y por supuesto trabaja. «Me encanta, mi trabajo es una parte fundamental, me llena totalmente», espeta mientras le da a la cazuela. Sus padres aún viven y la han apoyado en ese destino impar. «Cuando yo tenía 19 años recuerdo que mi padre dijo: 'Si yo fuera Eva no cogería novio. Tendría un buen trabajo, me compraría un coche y a viajar'. Sin duda vio con claridad cómo era yo», concluye. Sin pareja, pero no sola, Eva -como la mayoría de los singles- se enrolla en la dinámica del lado cool del anglicismo. No obstante, de él penden historias resquebrajadas por el resentimiento o la desconfianza. No es el caso de ella, a quien ni siquiera el tema de los hijos la ha abocado a una insatisfacción de sonrisa de Cheshire. «No me arrepiento de no haber tenido niños, no he sentido esa llamada , siempre me he sentido como un espíritu libre», asegura.
Eva es tan sociable que en cada frase se le escapa una carcajada que anima a pegarse a su lado, en ese fluir de aciertos encadenados. «Antes nos llamaban solteronas, pero ahora todas me envidian. Por lo menos eso es lo que me transmite la mayor parte de los casados: '¡Quién me diera estar como tú!'. Jamás he visto una mirada de rechazo ni me han dicho eso de 'esta lo que necesita es...'. ¿Tú me ves triste?», pregunta retórica.
A la vista está que no. Con mochila, gafas de sol, pendientes de colores y un recuerdo de Perú, Eva se asoma al futuro de la única forma que sabe: con la anchura de la ilusión. Pero quiere poner su final, que para eso siempre ha tenido la sartén por el mango: «Estoy soltera porque quiero. Que conste».