Con el demonio dentro

Raúl Romar García
R. Romar REDACCIÓN

SOCIEDAD

NATIONAL GEOGRAPHIC

Tenían el demonio en el cuerpo. No uno, sino muchos. Y cada uno de ellos se correspondía con una enfermedad. O al menos eso era lo que creían. En un tiempo en el que la ciencia se confundía con la magia sólo había un camino para curar a los enfermos: sacarles el demonio de dentro. Tras una minuciosa investigación en la que escudriñó durante años tablillas de arcilla sumerias y arcadias, la filóloga del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Bárbara Böck ha desvelado los particulares tratamientos que se aplicaban a los pacientes en la Antigua Mesopotamia, la cuna de la civilización, hace cuatro mil años. La traducción de los textos ha permitido reconstruir tratamientos curativos mediante masajes y conjuros que tanto valían para aliviar ataques de migraña, facilitar el parto sin dolor, combatir síntomas de agotamiento o remediar la parálisis en algún miembro. ¿Eran realmente efectivos? «No tenemos constancia de ello, pero creemos que sí, aunque no para todo. Hay que tener en cuenta que para el agotamiento el masaje tiene un efecto de relajación y es efectivo, por eso también se recomiendan hoy en día», responde Böck. Los masajes se realizaban con aceites de plantas aromáticas y, aunque no se han podido averiguar todos los ingredientes, los investigadores sí han podido constatar que contenían enebro, tomillo o azafrán. «Si se supiese la receta exacta, quizás estos aceites se podrían aplicar hoy en día», explica Barbara Böck. Cuando se practicaban los masajes, los exorcistas, vestidos con un disfraz ritual de pez, símbolo del dios de la magia, Ea, recitaban una serie de conjuros recogidos en el Mushu'u , un libro de encantamientos que contiene más de 50 conjuros y que ha constituido la principal fuente de la investigación. Pero ¿qué pintaban los conjuros en el tratamiento? «Eran como una especie de efecto placebo que hacían la función de calmar un poco al paciente, tranquilizarlo», explica la filóloga del CSIC. Mientras se aplicaba el masaje, el exorcista recitaba el conjuro, una especie de relato que tanto le proporcionaba una explicación de su enfermedad como se dirigía directamente a los demonios. El estudio ha permitido averiguar que para aplicar tan particular tratamiento se preferían dos días concretos, a finales de agosto, que era cuando se creía que se estaba en contacto más directo con el más allá. Los masajes se hacían de forma centrífuga, del torso hacia las extremidades, ya que se concebía que ésta era la vía natural de salida de los demonios del cuerpo.