HACE unos días, el Parlamento de Galicia desembarcó en las Cíes con sus representantes más animosos y otros convidados, para poner en acción uno de los actos con los que se están conmemorando los 25 años de la institución democrática. El evento fue una cosa surrealista, bastante patética y rayana en lo ridículo. La parida consistía en irse de excursión a las islas para rodear una duna protegida, todos de la mano, y realizar una especie de representación levantando pañuelos de colores en alusión a los cuatro elementos básicos de la naturaleza. Como todo paisano sabe, ir a las Cíes a finales de septiembre es arriesgado. Lo más probable es que haga un tiempo de perros mareados, como así fue. Y como todo el mundo sabe (más o menos desde el siglo V), los cuatro elementos son el aire, la tierra, el agua y el fuego. Sin embargo, en este acto de comunión con el medio que debemos preservar (ese era el mensaje), nadie mentó el fuego, que en todo momento fue reemplazado por el Sol, por razones obvias. Tan obvias que hacer desaparecer el elemento que da más yuyu en este momento a los gobernantes gallegos habría pasado desapercibido en esa tontería de celebración si no fuera porque a alguien se le ocurrió la brillante idea de cargárselo de un pañuelazo. ¿Y si en vez de mentar al fuego (¡lagarto, lagarto!), lo sustituimos por el Sol y nadie se da cuenta?, debió de pensar el Empédocles de la representación teatral con carga profunda. Cambiar fuego por sol no es como cambiar polvo por brillo. Cambiar fuego por sol es una idea de bombero.