EN LA PUERTA de un hotel de Addis Abeba, un chaval con una mirada y una sonrisa que cautivan recita las alineaciones del Real Madrid y del Barcelona. Como si fuera necesario subir nota, añade la lista de los futbolistas españoles que juegan en Inglaterra. Más precisión y rapidez no se le puede pedir ni al mejor buscador de Internet. La escena no resultaría extraña -fútbol es fútbol, el más universal de los deportes de consumo masivo- si no fuera porque el chaval quizás tampoco esa mañana había desayunado, después de pasar otra noche a la intemperie. Es un niño de la calle. Tal vez las monedas que le den hoy no las emplee en saciar el hambre de días. Ni siquiera en comprar cigarrillos. Es muy posible que las gaste en la entrada para ver la enésima edición del partido del siglo que tanto nos entretiene. La señal le llegará, como a cualquier rincón paupérrimo de África, a través de las antenas parabólicas que sobrevuelan las precarias construcciones de la capital etíope, entre las que se asientan unas versiones particulares de los teleclubes de la España de hace treinta y tantos años. El niño de los ojos grandes puede ser uno de los cinco millones de huérfanos que hay en Etiopía; un superviviente de las hambrunas, del sida y la injusticia que cada año matan por millares en el continente olvidado. Quizás algún día él también intente saltar la verja de Melilla. Nuestro dispendio retransmitido vía satélite es el verdadero efecto llamada.