MI AMIGO Quique ligó en uno de esos plácidos veranos de adolescencia con una yanqui que tenía encandilado a cuanto varón pisaba la piscina del barrio. Tomaron unas copas, bailaron y el tema acabó entre sábanas. Tras la faena, mi amigo no pudo evitar preguntarle «bueno, ¿qué tal?». Ella, con su castellano con acento de Kansas-city-Kansas, le replicó castigadora: «¿qué tal qué?». Tremenda humillación. Desde luego, qué difícil es ser hombre. Te pasas la pubertad vigilando tu cuerpo, escudriñando cada palmo de piel en busca de pelos y otros signos de hombría. Luego, cuando entablas tus primeras relaciones sexuales, preocupado con no disparar muy rápido para quedar bien situado en el competitivo ránking del amor. Y luego está la cuestión de los michelines y los musculitos. Con la ausencia de ellos, me refiero. No contentas con tanto examen, las mujeres ahora no paran de hablar de la calidad de nuestro semen. Un estudio dice que el de los coruñeses está entre los mejores del mundo. ¿Es usted coruñés? Yo no. Tengo familia allí, pero me ha dicho mi mujer que eso no cuenta. Así que ahí estamos el resto de los hombres con la terrible duda de si nuestro semen es o no de calidad. Las mujeres terminarán pidiéndonos una muestra para analizar antes de aceptar una cita. Demonios, qué difícil se está poniendo esto de ser hombre. Claro que, en la cuestión del líquido seminal las mujeres tampoco lo tienen fácil. Como dice mi amiga Rosa, ellas se pasan la mitad de su vida esperando que el semen de su pareja sea de mala calidad y la otra mitad rezando para que los espermatozoides dejen de hacer el vago y cumplan con su trabajo. Qué cosas.