ENTRE LÍNEAS
10 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.ANTÓN tiene seis años y es el hijo de unos amigos. Jesús y María, se llaman. Hace unos días se quedó pensativo y le espetó a su abuela la pregunta más inteligente que he oído en el último año. «Abuela, ¿quién borra las marcas del avión?». Se refería a esa estela de humo que dejan los reactores a su paso. La señora, en tono serio, le contestó «lo hace tu abuelo desde el cielo». Todos se emocionaron con la situación menos Antón, al que aquella respuesta le pareció de lo más adecuada y convincente. Cuando me contaron la anécdota, de inmediato me di cuenta de la porrada de tiempo que hace que no miro al cielo. Es algo común en los adultos. Estamos tan preocupados en pagar nuestras hipotecas que no levantamos la mirada del suelo, donde lo más evocador que nos podemos encontrar es una baldosa rota o una caca de perro. Hemos perdido esa capacidad de ensoñación que tienen los niños. Hemos perdido la virtud de emocionarnos y sorprendernos con algo tan sencillo y efímero como la marcas del avión. Antón a veces no distingue el sueño de la realidad. Te cuenta sus fantasías oníricas como si hubieran ocurrido de verdad. Esa es otra virtud maravillosa que tienen los más pequeños. La de perseguir sus sueños hasta hacerlos realidad. Cuando termina el telediario. Tras la sesión diaria de miseria y muerte en Irak, Haití o Chechenia, parece imposible que nada vaya a cambiar nunca. A uno no le quedan ganas más que de caminar cabizbajo. Pero hay que alzar la vista, mirar al cielo y creerse que las cosas pueden ser distintas. El sueño, algún día, será vida. Y no al revés, como dijo Calderón de la Barca.