EL VATICANO se llenó ayer de razón acusando a las empresas farmacéuticas de tener buena parte de culpa de la espantosa epidemia de sida que asola África. Los enormes beneficios que está proporcionando la venta de antirretrovirales en el Tercer Mundo es un auténtico escándalo y muestra a las claras dónde están los intereses de ese lobby empresarial. Los portavoces vaticanos no ahorraron calificativos y utilizaron incluso el término «genocidio» para referirse a la actitud de las grandes farmacéuticas con respecto a la expansión del VIH. Hay que felicitarse pues de que una institución con tanto poder sobre tanta gente diga estas cosas alta y claramente. Alguna conciencia se removerá y algún peso tendrán las palabras de la jerarquía católica sobre las negociaciones a cara de perro entre las farmacéuticas y los gobiernos que sufren la peor parte de la epidemia y pretenden fabricar los medicamentos con patentes más baratas. Pero en ese compromiso valiente hay truco, porque no todas las actitudes perversas con respecto a la expansión del sida residen en el lobby farmacéutico. El propio Vaticano tiene la patente de una de las más incompresibles. Un dogma insuperable que le lleva a mantenerse contra el uso del preservativo, la fórmula más barata y efectiva para evitar los contagios. Lo verdaderamente valiente hubiera sido suspender el dogma, autorizar el condón, cambiar doctrina por vida, humanizarse. Acusar a la industria farmacéutica es lo fácil. Cualquiera puede hacerlo. Pero hasta las farmacéuticas están rebajando sus patentes, mientras el dogma permanece más inalterable que nunca.