Entre la lluvia constante, las comidas prolongadas y un idioma propio muy vivo, este lugar no deja indiferente y reserva más de una sorpresa a quienes deciden establecerse aquí.
19 ago 2026 . Actualizado a las 18:29 h.La terriña vista con otros ojos. Llegar a esta comunidad, ya sea para quedarse o de paso, deja una huella imborrable. Da igual si vienes huyendo del calor eterno del Caribe o de otra parte de España, este lugar tiene la costumbre de romper todos los pronósticos con los que vienes.
Nicole Regalado, peruana: «Los gallegos dominan el arte de la sobremesa»
Nicole Regalado (Perú, 1999) llegó a Galicia hace apenas un año para hacer un máster. Todo lo que le habían contado sobre este lugar parecía cumplirse desde el primer momento: un lugar bonito, de playa y paseo marítimo, de gente buena. «Cuando llegué, el primer día fue tal y como me lo contaron. Había sol, había mucha gente en la playa», recuerda. Sin embargo, esa imagen se diluyó al día siguiente: «El segundo día, como era finales de octubre, comenzó un invierno como nunca antes visto. No me lo esperaba así de fuerte y prolongado». Aun así, del invierno, Nicole rescata cosas positivas, como hacer planes en interior y juntarse con amigos y familia en casa para compartir. Con el tiempo, esta peruana ha ido descubriendo semejanzas y diferencias entre su cultura de origen y la gallega. «Creo que los gallegos y los latinoamericanos estamos más cerca de lo que creemos», afirma. Pero también señala un rasgo muy distintivo: «Son muy estoicos, tranquilos. No se complican. Si hay algún problema, lo resuelven muy rápido, sin hacer drama antes. Probablemente, por ejemplo, nosotros [los latinoamericanos] lo resolvamos, pero antes hagamos un poco de drama».
En cambio, en la gastronomía encuentra un lenguaje común. Uno de los rasgos culturales que más destacan de los peruanos en el mundo es precisamente su cocina y, por eso, a ella le sorprendió tanto reconocerse en las costumbres gallegas: «Se come bien en Galicia. A mí me dio un sentido de familiaridad el saber que ellos también se sientan a la mesa y no solo comen, también hacen sobremesa y se pueden quedar horas y horas conversando. Los gallegos se toman muy en serio su gastronomía como nosotros los peruanos. Nos parecemos, sobre todo, en nuestro sentimiento de pertenencia a su tierra».
Este rincón del norte es uno de los destinos favoritos de los peruanos. «Creo que acá vemos un buen sitio porque es un lugar para vivir, para hacer negocio, para tener planes de futuro y para hacer familia», considera. Otro aspecto que le sorprendió es que los gallegos hablan con orgullo su idioma, y no solo la gente mayor, sino también muchos jóvenes. «Galicia, además, es muy tranquila. Es un lugar muy bonito para vivir y para envejecer», concluye Nicole.
Mario Hernández, guatemalteco: «La gente de aquí tienen mucha paciencia para enseñarte su idioma»
Desde que aterrizó a Galicia, uno de sus lugares favoritos es la Alameda de Santiago de Compostela, donde está la famosa estatua de As Dúas Marías. «Cuando recién llegué a Santiago y no tenía trabajo, me sentía agobiado y este era el lugar donde me encontraba con mi mejor amigo para olvidarme de todo un poco», recuerda con nostalgia Mario Hernández Vásquez (Guatemala, 1996). Puso un pie en Madrid el 24 de junio del 2019 y allí vivió poco más de un año, pero no fue hasta casi dos años después cuando se mudó a la ciudad peregrina. «A mí Madrid me encantó y no descarto en algún momento de la vida volver», cuenta. Aunque reconoce que fue en Galicia donde encontró algo que no había sentido en ningún otro lugar: la cercanía de la gente. «Me sorprendió tanto porque en las grandes ciudades, como Madrid, el ritmo es tan vertiginoso que apenas te detienes a interactuar. Acá, cada barrio tiene su vida propia y las personas te llaman por su nombre». De su familia, ha sido el primero en emigrar. Entre ambos puntos del mapa, entre Guatemala y España, hay más de ocho mil kilométros y también una vida entera que un día decidió meter en una maleta. En su país trabajaba de enfermero y era ayudante en una farmacia, un negocio de su abuela. Cuando llegó a Santiago, sin trabajo y agotado, tuvo que aprender a desenvolverse desde cero, como en Madrid: «Acá me ha tocado hacer de todo. En la pandemia, cuando las personas mayores no podían salir de sus viviendas, me tocaba ir de portal en portal para hacerles la compra, y me ganaba la vida con los cambios que me daban».
Ahora, después de muchos trabajos y muchos oficios, trabaja como cocinero. «Me gusta porque a mí me va estar en movimiento y la cocina te obliga a eso. Es muy estresante, muy agobiante en los momentos de más afluencia, pero yo disfruto la adrenalina que se vive ahí», reconoce. Los guatemaltecos, según Hernández, son «chispudos», es decir, son muy trabajadores y tienen muchas ganas de salir adelante.
Desde su llegada, Hernández no ha vuelto a su país. Lo que lo ha detenido durante estos años para regresar no ha sido solo la burocracia, sino la nostalgia: sabe que un viaje de vuelta remueve heridas, sobre todo, en su abuela y en su madre, las personas más cercanas a las que dejó al marchar. Ese miedo, sin embargo, empieza a disolverse. Para cuando lo haga, tiene ya un plan trazado con detalle, casi un ritual. «Le dije a mi familia que cuando vuelva vamos a pasar por Barberena y Cuilapa, donde venden comida típica en canastos en toda la carretera.Voy a darme el empacho de mi vida por todos estos años que me ha tocado estar lejos», dice entre risas.
PACIENCIA CON EL IDIOMA
De todo lo que Galicia le fue enseñando, hay algo que a Mario todavía le sorprende: haber aprendido a hablar gallego sin que nadie se burlara de él. «Los gallegos tienen mucha paciencia para enseñarte su idioma. Cuando empecé a intentarlo, entre amigos y el trabajo, la gente buscó la manera de ayudarme. No me excluyeron ni tampoco se burlaron, como muchas veces nosotros lo hacemos con algún otro idioma», valora.
Recientemente, se ha mudado a Corcubión. Guatemala es un país con más de 300 microclimas, lo que al inicio condicionó su adaptación a Galicia. «Yo decía: “Galicia, me vas a matar, por favor”». Más allá del clima, del idioma y de los trabajos que ha tenido que desempeñar, hay una certeza que Mario mantiene intacta: viene de una región que cuenta con pocos emigrantes en esta región y esa identidad no se ha diluido en el camino, aunque reconoce que fue perdiendo ciertos rasgos —expresiones, frases— al no cruzarse con compatriotas. La mayoría de sus amigos son colombianos, su pareja también, y su mejor amigo es dominicano. Aun así, cada Navidad una familia guatemalteca de Milladoiro le prepara tamales, ese plato «sagrado» que nunca falta en la cena navideña. Su definición de hogar ha cambiado con el tiempo: «Ahora es Galicia y las personas que he conocido y que me rodean acá».
María José Hernández, argentina: «Acá se vuelve muy fácil hacer amigos»
Argentina es el principal país de residencia de la comunidad gallega en el extranjero. Y, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), los argentinos representan el cuarto colectivo más numeroso de emigrantes de América Latina en Galicia. En ese ir y venir de dos pueblos hermanados por la migración se enmarca la historia de María José Hernández (Buenos Aires, 2003) que este año vino a hacer un máster en A Coruña.
Fue llegar a Galicia y maravillarse con el ánimo sociable disfrutón de los gallegos: «Era muy fácil encontrarse con gente y que todos tuvieran la amabilidad de invitarme a sus planes o a tomar algo». María José sintió familiaridad al instante porque, según cuenta, «acá se vuelve muy fácil hacer amigos».
«Me encontré a una comunidad de argentinos muy unida —añade esta argentina—. Había un grupo de WhatsApp en el que siempre estaban preguntando si alguien quería jugar al fútbol». Precisamente, la pasión por el deporte rey fue uno de los primeros contrastes culturales que ella percibió. «En Argentina, el fútbol es una parte esencial de nuestra vida, marca nuestro calendario y nuestra vida. Y acá es mucho más tranquilo. A mí me tocó justo vivir el ascenso del Dépor a Primera, y sí, fue una fiesta hermosa y con música, pero solo como algo de un día. En Argentina hubiera sido una fiesta más larga». También encuentra paralelismos generacionales que le resultan muy entrañables: «Las señoras gallegas se parecen mucho a las argentinas. Iba por la calle, las veía y me recordaba a mi abuela y a sus amigas».
No faltó tampoco la confirmación de un tópico que había oído desde niña: «Hay un dicho en mi país que dice que “eres muy gallego” cuando sos testarudo y terco. Al llegar, comprobé que era verdad por cómo se ciñen los gallegos a sus ideas». Con el tiempo, y pese a las diferencias, este lugar ha dejado una huella profunda en ella. Tiene dos cosas claras: que volvería y que volvería en verano para visitar a los que quiere. «Los amigos que yo dejo acá, para mí son los que hacen Galicia». En Argentina existe la costumbre de decirle gallego a todo español: «Mirá qué tan presentes los tenemos que para referirnos a cualquier español, sin importar de dónde venga, decimos que es gallego».
Beatriz Castro, vallisoletana: «Vayas donde vayas, la gente viste muy bien»
Este verano era la primera vez que Beatriz Castro Carrera (Valladolid, 2003) visitaba Galicia. Durante su breve estancia primero estuvo en A Coruña, donde vive una amiga con la que había hecho el Erasmus hace poco más de dos de años. Antes de llegar tenía la idea, muy extendida, de que en el norte siempre hacía mal tiempo. «Durante mi visita no se cumplió», asegura.
Beatriz visitó también Santiago de Compostela durante las fiestas del Apóstol. «Lo que más me gustó de estas ciudades es que puedo ir andando a la mayoría de lugares y, en las tiendas, las personas de cara al público son muy amables», cuenta.
Uno de los rasgos que más le llamaron la atención fue la forma de vestir de los coruñeses: «Me sorprendió que en cualquier lugar al que vas hay gente vestida muy bien, sobre todo los jóvenes». Viajó a Galicia con la maleta llena de expectativas respecto a la gastronomía gallega y su experiencia las cumplió, fue positiva. «Tienen una de las mejores gastronomías de España que he probado. Puedo decir que aquí he comido el mejor pulpo», reconoce. Aunque no se quedó con hambre en ese viaje, su visita dejó un hueco para el entusiasmo de volver y conocer el resto de Galicia que le ha quedado pendiente. «Más que las ciudades, me gustaría recorrer los pueblos del interior», concluye Beatriz.
Grizzly Beethoven Rodríguez, dominicano: «La confianza con los gallegos requiere tiempo»
Lo primero que destaca de Grizzly Beethoven Rodríguez Ortíz (República Dominicana, 1977) es su irreverencia. «Mi nombre es un poco complicado y cuando no lo escriben como es, siempre termino diciendo: como el oso pardo», cuenta entre risas. La primera vez que estuvo en Galicia fue en el 2018. Había venido de vacaciones a Santiago de Compostela y se enamoró de la ciudad: «En la República Dominicana tenemos lo que llamamos zona colonial, que es el primer yacimiento del Nuevo Mundo y para mí el casco histórico de Santiago es dos veces la ciudad colonial». Unos años después, el 8 de enero del 2020, apenas un par de meses antes de la pandemia, volvió a Santiago para quedarse. «Este lugar tiene la magia de que en cada lugar hay algo distinto. Nunca deja de sorprenderme, porque a pesar de llevar tiempo acá siempre encuentro algo nuevo, hasta en lo más cotidiano, como levantar la mirada y ver un balcón diferente». Eligió esta ciudad porque sentía que el tiempo iba más lento. El invierno gallego, que a muchos ahuyenta, lo puso a prueba, pero para él significó un auténtico privilegio: «Yo vengo de un verano eterno así que para mí es perfecto. Santiago bajo la lluvia es poesía». La mejor forma para reconocer a un dominicano, cuenta Beethoven, es prestando atención a cómo habla. Aunque a veces esa estrategia puede resultar infructuosa: «Suelen confundirnos mucho con los cubanos, porque prácticamente somos familia», afirma. La prueba definitiva de estar frente a un dominicano radica en que si lo es, hablará muy alto. Al fin y al cabo, como él mismo señala, «donde tú menos te lo esperas, hay un dominicano»
Su llegada, sin embargo, chocó de frente contra la barrera invisible, pero contundente de la irregularidad administrativa. Sin papeles, el acceso al mercado laboral formal era una puerta cerrada. Lejos de paralizarse ante la incertidumbre, decidió que no se quedaría de brazos cruzados. Durante tres años en situación irregular, su refugio y trinchera fue el Centro Cultural Juan XXIII de los Franciscanos donde empezó a recibir cursos. Allí se entregó en cuerpo y alma como voluntario: repartía comida los fines de semana en el albergue de personas sin hogar, clasificaba prendas en el ropero y organizaba la logística de la cocina. En ese ir y venir cotidiano, aprendió los códigos invisibles de una comunidad que, aunque de trato inicialmente reservado, acaba abriendo las puertas de su confianza a quien demuestra constancia y respeto. Para él, la distancia cultural entre la inmediatez afectiva del dominicano —que llama «primo, hermano, mi pana, mi amigo» a un desconocido— y la sobriedad del gallego se reduce a una cuestión de tiempo: «El gallego es muy hospitalario, pero la confianza requiere tiempo y, hasta que ellos no tienen suficiente contigo, no te la dan… Ahora, cuando te la dan, te lo dan todo. Creo que son así porque son un pueblo de cultura migrante, saben lo que es irse de su tierra».
La marea burocrática dio un vuelco cuando, amparado en la experiencia de sus tres años de voluntariado, logró conseguir un contrato de trabajo en un albergue privado que le abrió la vía del arraigo social. Aquella etapa le permitió integrarse de lleno en los ritmos locales, abrazando con la misma naturalidad el pulso pausado de la ciudad, y a las tradiciones como la queimada o el ritual de saborear el pan gallego. «Ahora estoy estudiando una Formación Profesional en asistencia a personas en situación de dependencia», cuenta con orgullo. Si tuviera que irse de Galicia, sabría perfectamente lo que guardaría en su equipaje: «Me llevaría todo lo que he vivido hasta este momento. Una tarta de Santiago, una camiseta de las Dos Marías y una fotografía de la catedral», confiesa.