EN LA calle Ortega y Gasset de Madrid se viven estremecedores dramas sociales. En esta arteria del corazón elegante de la capital se apiñan las tiendas de Dior, Hermes, Kenzo, Armani, Chanel, Versace y Calvin Klein, entre otras. Ortega y Gasset es la meca española del lujo más prohibitivo. Pero como es sabido, los problemas sociales se acumulan en la conflictiva calle. Algunos clientes entran en la tienda de Versace y tras repasar las trapalladas que diseña Donatella sienten una añoranza incontenible por el finado Gianni, lo que deriva en depresiones clínicas. En Dior, las pizpiretas muchachas que cuentan con medio kilo para pillarse una majarada de John Galliano viven la amenaza de la anorexia, pues sus creaciones son cada vez más entalladas y no permiten más que un sandwich de caviar iraní y una Evian al día. En Chanel, el ejemplo de Lagerfeld, que engorda y desengorda de un día a otro, puede provocar bulimias. Y aún hay más peligros: ¿quién no ha sufrido un ataque de ansiedad al ver que ya no queda aquel top «bárbaro» de Kenzo, o al comprobar que la corbata de Hermes que te ha valido un ojo de la cara es casi idéntica a una de Zara Kids? Hay mucha problemática social en Ortega y Gasset. Por ello, no concebimos medida más sensata que la de Ana Botella, que ha decidido instalar allí la sede de la Concejalía de Asuntos Sociales de Madrid, muy cerca de los dramas más lacerantes de la ciudad y pagando tan sólo 400 millones de pelas al año de alquiler. Está claro: si la Madre Teresa anduviese aún por aquí, plantaría Calcuta para echar una mano en Ortega y Gasset.