Los turistas ofician el rito de la mariscada entre el sano apetito y la insoportable resignación El comensal se enfrenta, a menudo, a almejas sin DNI o crustáceos que conocen el congelador Sólo los gourmets saben que una centolla gallega es muy fea. Es peluda y oscura, está cubierta de algas y tiene las patas largas. Su colega francesa, en cambio, es sonrosadita y parece que acaba de salir de la peluquería. Un guía de la Consellería de Pesca llegó a recomendar al consumidor que hablase con «un peixeiro de confianza» si quería llevarse a la mesa marisco gallego de calidad. Si a este lado del Padornelo no está claro, al otro la posibilidad de chuparse los dedos con almejas de Carril procedentes de Italia se eleva al infinito.
23 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Hace años, había en A Coruña un restaurante, El rápido, que ofrecía un espectacular escaparate, que más bien asemejaba el de una joyería, ante el cual los turistas permanecían unos instantes con signos de embobamiento. Lo recordaba el crítico gastronómico Caius Apicius, que estuvo estos días por aquí. Y es que quien arriba por estos lares ha de, primero, contemplar inexcusablemente las evoluciones del botafumeiro y, segundo, meterse entre pecho y espalda la mariscada de rigor. Las fronteras de la gula Cuentan que los inventores del mito de la mariscada son los comercializadores de pescado de los años sesenta. Es la cultura del carbonato cálcico, la materia prima de conchas y caparazones, cuya acumulación en el plato una vez vaciados, crea en el glotón una sensación próxima a la gula. La España desarrollista convirtió el festín de marisco en un símbolo de ostentación que trasladó a estos animalitos de concha y patas desde los fogones más pobres hasta las mesas de cinco tenedores. Años antes, en los 50, se cuenta que un camión cargado de percebes se averió en una carretera de la Meseta y el conductor hubo de enterrar como abono la mercancía porque nadie la quería. Ni regalada. Medio siglo después, esto de la mariscada es como cuando se va a comprar un cartón de leche al híper. Al final te llevas el que vale menos sin mirar el código de barras. De las más de 15.000 toneladas de almeja que se comen los españoles, poco más de 4.000 se producen en Galicia. El resto viene de fuera. Aquí se creó el mito y la necesidad, pero no se supo abastecer el mercado.