Selectividad: aquellos códigos de barras


Hay una pesadilla recurrente para millones de personas. Aquellos que han pasado por las aulas del instituto y de la universidad de vez en cuando regresan en sus sueños a las clases porque han descubierto, con horror, que deben presentarse al único examen que les falta para graduarse o para licenciarse. En otras ocasiones corren porque creen que no llegan a tiempo para presentarse a la selectividad. De vez en cuando vuelve ese escalofrío, que solo se acaba con el suspiro del despertar y que permite llegar a la conclusión de que la selectividad es como eran el sarampión o las paperas antaño, algo que había que pasar lo más dignamente posible y que nadie deseaba al vecino. Hubo unos años, a principios de los noventa, en los que los estudiantes se consideraban afortunados simplemente por el hecho de no tener que repetir ningún examen en junio. En 1992 más de diez mil gallegos se llevaron ración doble en algunas materias porque las preguntas habían rulado entre ciertos alumnos, sin duda, aventajados. «Hubo filtración, va a tocar Platón», se cantaba en Compostela. Aunque, en realidad, algunos sabían con antelación que en aquella convocatoria iban a caer Descartes y Kant y también estaban al tanto de pistas realmente fiables sobre las pruebas de Literatura e Inglés. Cuando se confirmó que no quedaba otra que volver a examinarse, los que no habían cheirado nada gritaban: «Eu non son un código de barras!». Esa pegatina identificativa se utiliza todavía. Hoy seguimos siendo códigos de barras. Mucho más que ayer. Y con muchas más preguntas que respuestas.

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