¡Qué caro es todo esto!


Que el reciclaje de lo que consumimos es una práctica necesaria y saludable es una obviedad que admite poco debate. Pero el margen de discusión se ensancha de forma considerable si enfocamos el asunto desde la perspectiva de los medios de los que disponemos para reciclar y, sobre todo, de las facilidades que tenemos para utilizarlos. Un ejemplo de libro en Santiago es el caso de los aceites de uso doméstico, abordado recientemente en estas páginas. Cualquiera con un mínimo de conciencia cívica entiende que no debe desprenderse alegremente de ese residuo por el fregadero, por ejemplo. Pero los compostelanos saben que, a diferencia de lo que sucede en una mayoría de ciudades y núcleos de Galicia y del resto de comunidades, buscar un depósito para deshacerse de ese resto es tarea complicada. Obliga a desplazarse a algún supermercado que tenga ese servicio. Es un peaje que no hay que pagar, sin ir más lejos, en Ames.

Aunque aún hay otra perspectiva que, más que estimular el debate de la forma saludable de relacionarlos con el mundo, puede provocar acaloradas discusiones. Es el coste de esas prácticas para el consumidor. Porque las bolsas de plástico son un rollo del pleistoceno, pero es bien triste que podamos seguir usándolas sin límite si pasamos por caja. Es como si el Gobierno decide subir los combustibles con el argumento de que así anima a no contaminar. O a apostar por los vehículos eléctricos, que también son más caros y tienen sus propias exigencias de mantenimiento. De las cavernas hemos ido saliendo, pero salvar el planeta nos va a costar un poco más.

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