Familia Cutrín: «Nuestra abuela abrió hace 50 años, donde casi acababa Santiago, esta farmacia»

Olalla Sánchez Pintos
Olalla Sánchez SANTIAGO

SANTIAGO

XOAN A. SOLER

En 1975 se abría en la rúa Frei Rosendo Salvado una farmacia que se asentó a medida que el Ensanche compostelano se convertía en epicentro estudiantil. «De noche, en los años 80 y 90 había fuera colas de universitarios», evocan. «En la calle se nos conocía como la Farmacia de Guardia», añaden

18 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Tanto el padre, Fernando Cutrín, como sus dos hijas, Elena y Beatriz Cutrín, segunda y tercera generación de la Farmacia Cutrín, en la rúa Frei Rosendo Salvado, en Santiago, no dudan en que todos los empleados —seis farmacéuticos y dos técnicos, además de un joven de prácticas— deben salir en la fotografía. «Si nos afianzamos fue por los compañeros; algunos incluso empezaron en la época de mi abuela. La mayoría estuvo aquí décadas… En esta Navidad, en la que celebramos de una forma especial nuestros 50 años, mucha gente evocó nombres como el de Cacana, como se conocía a una empleada del arranque, o a Ramón, que comenzó con mi padre», pone en valor Elena desde un negocio que empezó a escribir su historia cuando el Ensanche compostelano aún se edificaba.

«Algunos clientes recuerdan que nuestra abuela abrió esta farmacia en una zona en la que en 1975, sin construcciones al lado, parecía acabarse Santiago, pese a que más allá estaba Conxo. Una foto en el escaparate lo muestra. Los de mayor edad señalan que esto se llamaba Campos de San José, que había una ermita, y que para ir al casco histórico eran necesarias katiuskas», añaden, aclarando que, en ese momento, el nombre del negocio era Prieto. «Mi madre, María Elisa Prieto, natural de Becerreá, tras regentar otra farmacia en Cerceda, vio la posibilidad de montar una en Santiago, donde se había casado. Esta era la zona en la que la legislación le permitía abrirla. El Ensanche era otro mundo. Nada tiene que ver con lo actual. Ella contaba que los arranques fueron lentos, pero a base de esperar y con mucho trabajo, y un trato siempre cercano, consolidó la farmacia. Yo cogí el relevo a finales de los 80», apunta Fernando, y enlaza con unos años en los que la zona nueva vivía de lleno la época estudiantil.

XOAN A. SOLER

 «Teníamos los mostradores más adelante —detrás había cajoneras con medicamentos— y al ser este un espacio aún más pequeño, las colas salían fuera, por la calle», evoca. «En los 90 los universitarios venían mucho a por el Katovit, un estimulante que facilitaba estar tiempo sin dormir. El Durvitan, un medicamento a base de cafeína, también se dispensaba», rememora Gely, una de las compañeras que suma años de cara al público. «El que hacía las guardias de noche recordaba subir cubetas llenas de preservativos. En ese momento no se vendían en todos lados», reflexionan. «En la calle nos conocían, igual que en la serie de televisión, como la Farmacia de Guardia. Durante dos décadas abrimos 24 horas. Éramos también como una familia. Antes, con las recetas en papel, se hablaba mucho y conocías a toda la clientela», señala Gely, mientras todos rescatan ejemplos de fidelidad.

«Hay familias que hace 50 años vivían cerca y que, pese a cambiarse tres veces de domicilio o residir a las afueras, vuelven. Señores mayores con dificultad para andar y con farmacias más cerca llegan hasta aquí porque te conocen. Una madre contaba que su hijo le pedía venir desde la rúa do Hórreo porque valoraba nuestra sonrisa, y puede que también la piruleta que les dábamos», afirma divertida Gely. «Todo ello reconforta... La gente quiere que le aconsejes», comenta Elena, de 36 años, quien estudió Farmacia en la USC y tuvo siempre clara su vocación. «Cuando entramos mi hermana y yo muchos querían que les atendiesen los empleados a los que ya se habían hecho. Nos costó un poco, pero eso es muy bonito, porque muestra la confianza en los compañeros», razona sonriendo Beatriz, de 33 años, a quien le atrapó la dermofarmacia y el márketing, siendo ella la que, en Navidades, ideó celebrar el medio siglo de la farmacia con una emotiva carta a los Reyes Magos en la que, a modo de agradecimiento, pedía lo mejor para los clientes.

XOAN A. SOLER

Un texto que lució en el escaparate, acompañado de los mensajes de cariño que la gente les hizo llegar. «Muchos se sorprendían de que ya pasaran 50 años...», cita riendo desde un negocio, que siendo fiel al espíritu tradicional, aceleró su evolución. «Fuimos de las primeras farmacias de Santiago en tener un robot, que sirve los medicamentos y los sube en un ascensor. Así ganamos espacio. Lo llamamos Pepiño y la gente ya lo sabe», añaden.

Este año, Fernando, de 65 años, se jubilará: «Hay que dar relevo». ¿Y qué tal es trabajar en familia? «Yo, feliz. Nos complementamos», realza.